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Trump y la democratización cubana
16 de noviembre de 2016
(La Razón/México) La oposición cubana debe cuidar su más precioso activo: la credibilidad. Sistemáticamente reprimida y silenciada por el poder insular —y sus aliados internacionales— no puede apostar, en medio del desespero, a una alianza con lo peor de la derecha antiliberal internacional.
Armando Chaguaceda Noriega
@xarchano
 

(La Razón/México) Vivimos, a escala global, los efectos de un estrés postraumático. O los síntomas tempranos de un largo padecimiento. Acaso una mezcla de ambos. Pero la victoria electoral de Donald Trump ha sacudido los valores de Occidente, tanto los bursátiles como los que conforman su cultura democrática.

Con Trump se empodera una alianza reaccionaria, que incluye millones de blancos desclasados, clasemedieros racistas y fundamentalistas cristianos. Gente que cree que los liberales son comunistas, que los migrantes amenazan su empleo y familia, que los programas de asistencia —minúsculos frente a sus pares europeos— son una suerte de socialismo intolerable. Que piensan, en una mezcolanza intraducible en un programa eficaz de gobierno, que podrán vivir mejor reduciendo el gasto social, cerrando los mercados nacionales y aumentando el gasto militar.

Aún no irrumpen en la Casa Blanca los trumpistas y un grupo variopinto de disidentes, exiliados y opinadores criollos baten palmas confiados en que el triunfo del magnate abonará al triunfo de la democracia isleña. Pero pensemos un poco en las posibles agendas del personaje. Si prevalece el halcón, ello reforzará la línea dura castrista, retrocediendo las magras reformas y aumentando la ya elevada represión. Si se impone el businessman —el mismo que ya exploró, en silencio, posibles negocios violatorios del embargo— el gusto por los dineros unirá a Trump con los generales cubanos, en cocteles y cortes de cinta de lujosos resorts de Varadero.

La administración Obama impulsó una estrategia correcta —la normalización— con aplicaciones y retóricas erráticas, que parecieron avalar la impunidad represiva de La Habana. Hillary pudo ser, por su perfil, trayectoria y programa, la mejor opción de una continuidad del acercamiento superando posturas naives frente a la dictadura. Pero ya eso es historia irrealizada. Tocará a los dos países, sus élites y pueblos, transitar del mejor modo los complejos años que se avecinan.

Y, en ese tránsito, la oposición cubana debe cuidar su más precioso activo: la credibilidad. Sistemáticamente reprimida y silenciada por el poder insular —y sus aliados internacionales— no puede apostar, en medio del desespero, a una alianza con lo peor de la derecha antiliberal internacional. Trump no es, ni siquiera, Bush hijo: es algo inédito y peor. Si un defensor de los derechos conculcados del pueblo cubano suma a su causa —lo cual está por ver— a un tipo misógino, racista y profundamente alejado de los mejores valores de la democracia, se trata de una incomprensión e inconsecuencia profundas respecto a la agenda que, con tanto sacrificio, esa misma disidencia defiende bajo la dureza de la represión.

Fuente: La Razón (México)