Artículos
 
Sincerarse
9 de noviembre de 2016
(La Razón/México) La autocracia cubana no se mantiene exclusivamente por el control social, el éxodo y el temor de su cansado pueblo. Se oxigena con las mentiras que, pregonadas por sus diplomáticos y reproducidas por un sector de la academia latinoamericana, legitiman el despotismo. Aniquilando, de paso, el futuro de una opción de izquierda, democrática y socialmente justiciera, como salida deseable a la añeja Involución Cubana.
Armando Chaguaceda Noriega
@xarchano
 

(La Razón/México) Nada es tan escaso en política como la sinceridad. En democracia, los políticos prometen, seducen, juran… para luego olvidar, saquear y ningunear a públicos y electores. Pero al menos, como a los pañales sucios, los podemos cambiar cada cierto tiempo. Y, a veces, responden por sus desmanes. Cuando ello no sucede, como en Sonora, Chihuahua o Veracruz, el agravio nos recuerda que vivimos en una democracia anémica, rozando la anarquía y el caciquismo.

En este país conocemos bien la distancia entre palabras y hechos. Por eso sabemos que cuando el canciller cubano Bruno Rodríguez dice hoy que las vapuleadas Damas de Blanco pueden manifestarse en paz por las calles habaneras, emula con aquel Luis Echeverría que eludía la responsabilidad estatal en la represión de estudiantes. Cuando los diplomáticos cubanos pregonan en Ginebra que su gobierno respeta los Derechos Humanos, emulan con los testaferros enmascaradores de la persecución de periodistas y activistas bajo el duartismo veracruzano. Cuando los bien vestidos, mejor alimentados y, notoriamente, blancos funcionarios de la élite isleña hablan de “nuestro pueblo”, guardan con éste la misma distancia que los pillos retratados en La Ley de Herodes y los alcaldes parranderos de nuestro presente. Cuando una propagandista de la Habana y una politóloga mexicana coinciden en llamar “democracia” a algo que no es otra cosa que un estalinismo tropicalizado, faltan conscientemente a la verdad. Todos, con dolo, cinismo y descaro, simplemente mienten.

Insistir, después de medio siglo, en llamar Revolución a un país y orden dirigidos por un solo apellido y un puñado de ancianos y generales, es una broma cruel. Pero que lo hagan pensadores llamados “progresistas”, que sufrieron la represión de la “dictadura perfecta” es una inconsecuencia política, intelectual y moral. Sobre todo cuando hoy viven dentro del presupuesto, los mecanismos de ascenso e influencia social y hasta los privilegios gremiales que eso que llaman “el Estado burgués” les prodiga. Y, mientras gozan de tribunas y derechos inexistentes para sus homólogos de la Isla, con su postura y palabras se las niegan a éstos.

La autocracia cubana no se mantiene exclusivamente por el control social, el éxodo y el temor de su cansado pueblo. Se oxigena con las mentiras que, pregonadas por sus diplomáticos y reproducidas por un sector de la academia latinoamericana, legitiman el despotismo. Aniquilando, de paso, el futuro de una opción de izquierda, democrática y socialmente justiciera, como salida deseable a la añeja Involución Cubana. Alzar la voz ante este prolongado y terrible embuste es un deber de quienes, en la intelectualidad mexicana, hacen del progresismo su carta de presentación.

Fuente: La Razón (México)