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La libertad entre dos fuegos
14 de diciembre de 2015
El triunfo de Mauricio Macri en Argentina, y la aplastante derrota del chavismo en las recién finalizadas elecciones parlamentarias en Venezuela, aumentan la paranoia del gobierno cubano, quien se siente cada vez más amenazado por el despertar de los procesos democráticos en América Latina y el progresivo descontento dentro de la isla.
Ernesto Aquino
 

A pesar del empeño de algunas organizaciones internacionales en maquillar el fracaso socialista del régimen cubano, haciendo valoraciones positivas ridículas sobre los logros de la “revolución cubana”, lo cierto es que la fuga de miles de cubanos escapando de la isla y el recrudecimiento de la represión contra los opositores políticos y activistas de derechos humanos dan fe del desastre insalvable del socialismo y la falta de voluntad política de los que sostienen el poder a punta de bayoneta.

Toda Cuba es un volcán de furia contenida, incertidumbre y decepción; saturada de prohibiciones ideológicas y consentidas ilegalidades civiles; hastiada de vivir una fe sombría e inventarse profecías apocalípticas para sentir que el final de su dolor está próximo, y cansada de pagar tributo a la demencia que trajo de regreso a Genghis Khan.

Decenas de opositores fueron arrestados este 10 de diciembre para impedirles que salieran a las calles y realizaran encuentros pacíficos con la sociedad civil, como parte de sus actividades para celebrar el día de los derechos humanos.

Lo de menos es el tiempo que todavía nos quede bajo el fuego de una tiranía vil e inescrupulosa. Sabemos que algunos poderes e intereses extranjeros necesitan gobiernos como el cubano para mantener activas las economías miserables y manipular los presupuestos de “ayuda humanitaria” que tanto han enriquecido a los defensores de la pobreza, y esa complicidad hace más difícil el encuentro con la libertad.

Pero ya no se trata de un puñado de hombres y mujeres alentados por el deseo legítimo de ser libres; sino de millones de seres humanos cansados de las promesas que no se cumplieron, de las amenazas y chantajes persiguiendo sus sueños de una vida mejor. Se trata de millones de ciudadanos hartos de una esperanza suicida que los obliga a arrojarse al mar exponiendo sus vidas; que los fuerza a prostituirse o a involucrarse en cualquier aventura peligrosa para escapar de una existencia desdichada.

Los cambios reales que se han producido en Cuba no son visibles a la mirada entretenida que solo percibe el deterioro físico y económico de una sociedad secuestrada en el subdesarrollo; ni siquiera puede hablarse de un despertar de la conciencia que impulse al ciudadano a construir y rescatar valores morales y espirituales.

El poder totalitario del gobierno cubano está enfrentándose a una población envejecida que, como mutilados de guerra abandonados a su suerte, solo son espectadores indiferentes de un drama del que ellos también son responsables; y los más jóvenes, que son los únicos soldados a los que pueden convocar, no tienen compromiso con esa ideología antinatural que solo ofrece sacrificios y renuncia.

El fenómeno que está debilitando el poder centralizado del régimen cubano, y llevando a la nación a un estado de democracia sospechosa, es el caos; el mismo caos del que se alimentan los populismos. Es la histeria social que engendra la incertidumbre de haber sido testigos de nada, y el ansias de llegar pronto a ningún lugar: Una combinación peligrosa que, si bien puede poner fin a más de medio siglo de vasallaje y represión, también puede levantar sobre sus cabezas la ambición de otros protagonismos desesperados.