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Cuando la vanidad lleva al ridículo
3 de agosto de 2015
Resulta lacerante ver como a estas alturas del siglo XXI los atletas cubanos son los únicos que escapan de su país como esclavos fugitivos y desesperados. El desfase estructural del deporte cubano y la falta de libertad de sus sacrificados exponentes no son compatibles con la aspiración de obtener cosechas positivas a nivel mundial.
Leonardo Calvo Cárdenas
 

La XVII edición de los Juegos Deportivos Panamericanos acaba de concluir en la hermosa y moderna ciudad canadiense de Toronto. La cita constituyó un éxito deportivo y organizativo. Magníficas instalaciones, excelente respaldo de público, un alto nivel competitivo en la mayoría de los deportes y muy interesantes novedades caracterizaron el magno evento continental que tuvo su origen en Buenos Aires en el año 1951.

En el evento se confirmó la hegemonía norteamericana, aunque esta vez con menos holgura que de costumbre, así como la tendencia de mayor diversificación en los resultados, en tanto cada vez más países acceden a los premios que reparte la competencia.

Estos juegos parecen confirmar que ya paso para siempre el tiempo en que Estados Unidos y Cuba se dividían la inmensa mayoría de las medallas en disputa. Baste recordar que en los XI Juegos de La Habana, en 1991, las dos naciones lideres históricas se llevaron a sus vitrinas 272 preseas doradas, mientras en la presente edición esa cantidad fue repartida entre los cinco primeros de la tabla y casi veinte países alcanzaron al menos un premio dorado.

Toronto 2015 entregó a los aficionados la excelente actuación de atletas de altísimo nivel, lo cual redundó en la ruptura de ochenta records panamericanos en diferentes disciplinas. Menciones especiales para Canadá, exaltado al segundo lugar por países. El país norteño, además de la consabida ventaja de ser sede, mostró una excelente preparación en todos sus atletas, muchos de los cuales regalaron actuaciones de nivel mundial, para casi duplicar la cifra de metales dorados de la edición anterior y ser junto a los Estados Unidos la única representación que rebaso la cifra de doscientas medallas de cualquier color. Definitivamente la calidad organizativa y logística demostrada y los resultados deportivos alcanzados otorgan a Toronto un aval nada despreciable en sus aspiraciones de acoger los Juegos olímpicos de 2024.

Por su parte, Brasil ascendió al tercer lugar al reafirmar sus potencialidades para convertirse un una potencia deportiva mundial, con destacadas individualidades y excelente performance en varios deporte colectivos, en el marco de su preparación para ser sede el próximo año de la máxima cita olímpica.

El escenario competitivo mostró también el avance de otras naciones como Colombia que superó en siete títulos dorados a México (27 por 20), mientras este último país alcanzo casi tantas medallas como Cuba (91 por 96).

Otra caso es el de Cuba, hasta ahora segundo lugar inamovible desde la edición de Cali 1971. En esta ocasión la representación cubana no pudo pasar del cuarto lugar, con una cosecha muy por debajo de los pronósticos (36 de oro, 26 de plata y 34 de bronce), veintidós  premios dorados menos que en Guadalajara 2011 y por primera vez en más de cuatro décadas incapaces de rebasar los cuarenta títulos ni las cien preseas en total. Una baja eficiencia demostró la delegación cubana: de 121 finales solo ganaron 36.

Más allá de las cifras, frías pero ilustrativas, llama la atención que especialistas y funcionarios a la hora de definir los pronósticos pre competencia no pudieron aquilatar el real estado de las potencialidades de Cuba ni la envergadura de los rivales de cara a la aspiración de mantener el segundo lugar continental. Ya en el terreno de competencias en cada jornada se hizo evidente la enorme distancia real que existe entre las aspiraciones cubanas y sus reales posibilidades, matizadas además por la fortaleza creciente de los rivales.

Mientras Canadá se escapaba con una actuación que nadie podía prever, la cosecha de Cuba iba quedando muy por debajo de las expectativas, pasada la mitad del calendario los comentaristas cubanos dejaron de hablar del segundo lugar y centraron sus esperanzas en las posibles actuaciones del atletismo y el boxeo para lograr al menos el consuelo del tercer lugar por países, lo cual finalmente fue inalcanzable. Ni siquiera una actuación perfecta de los pugilistas cubanos les habría bastado para alcanzar a Brasil en cuanto a medallas de oro (41 por 36). De cualquier manera el gigante suramericano acumuló ciento cuarenta medallas en el total. En el caso del atletismo enfrentamos un evento de mucho más nivel que en la edición pasada, con todo y notables ausencias de estrellas consagradas Cuba obtuvo muchos menos títulos que en Guadalajara 2011.

Amén de que varios deportes donde Cuba se ubicaba en la élite mundial o en la hegemonía continental, ya aportan muy pocos lauros a la cosecha general, varias disciplinas de vanguardia —Lucha, judo, ciclismo— quedaron por debajo de lo planificado. En algunas especialidades atletas con resultados de nivel internacional registraron actuaciones deficientes o decepcionantes, a pesar de que para el deporte cubano los juegos regionales múltiples, dígase Centroamericanos o Panamericanos constituyen la competencia fundamental del año, por encima de otros certámenes que otorguen mayor prestigio y dividendos económicos.

En los juegos vimos muchos atletas cuyo único roce internacional son precisamente los juegos múltiples y obviamente actuando de centroamericano en centroamericano y de panamericano en panamericano no es posible mantener el nivel competitivo que exige el desarrollo actual del deporte universal. Mientras muchos atletas carecen del roce y fogueo internacional que disfrutan sus adversarios gracias a la globalización y comercialización del deporte, para agravar las cosas, las autoridades cubanas han optado por enviar el exterior a entrenadores y técnicos, lo cual si bien reporta dividendos financieros para sus arcas, resiente sobremanera la preparación de los atletas cubanos en todos los niveles.

Considero, sin embargo, que es la vanidad chauvinista de las autoridades y voceros cubanos la principal causa del retroceso deportivo que hoy lamentamos. Durante los juegos regionales múltiples de la última década ha gravitado sobre el deporte cubano el fantasma de ese retroceso y siempre el triunfalismo y la arrogancia ha prevalecido sobre el análisis objetivo y autocritico de los resultados.

Por solo citar dos ejemplos: nunca admitimos que la victoria en los Panamericanos de La Habana 1991 estuvo motivada por el bajo nivel de la representación norteamericana en varios deportes. Nunca reconocieron que solo pudieron superar a México en la tabla final de medallas de los pasados Juegos Centroamericanos de Veracruz 2013 por la ausencia de figuras relevantes del atletismo jamaicano que abrió a la representación cubana el camino de victorias que en realidad no les correspondían.

De momento resulta alarmante no haber escuchado a los comentaristas televisivos mencionar las palabras crisis, debacle o retroceso. Si persisten en cubrir el deficiente resultado y las causas reales con justificaciones y pretextos banales, será muy difícil que el enorme esfuerzo de los atletas cubanos vuelva a verse coronado con los éxitos que tanto nos enorgullecen.

Porque los atletas cubanos merecen una mención especial por su abnegada entrega en los terrenos de juego a pesar de la falta de fogueo internacional, a pesar de las enormes presiones de control político a que son sometidos y a las difíciles circunstancias en que desarrollan sus carreras deportivas. Imagino cuan poco podrían lograr los más encumbrados adversarios de otros países si vivieran, entrenaran y compitieran en las condiciones actuales de los deportistas cubanos.

Resulta lacerante ver como a estas alturas del siglo XXI los atletas cubanos son los únicos que escapan de su país como esclavos fugitivos y desesperados. Sólo en esta edición de los Juegos, las deserciones alcanzaron la cifra de treinta. En las últimas dos décadas varios cientos de atletas y entrenadores han buscado en otras latitudes horizontes y oportunidades, lo cual también repercute en los resultados en la arena internacional. El desfase estructural del deporte cubano y la falta de libertad de sus sacrificados exponentes no son compatibles con la aspiración de obtener cosechas positivas a nivel mundial.

La decisión está en manos de los gobernantes cubanos: o reconocen la dimensión de la crisis y de sus errores para poder rectificar el rumbo del deporte cubano o se atrincheran es esa arrogancia chauvinista que pavimentara el camino de nuevos fracasos y decepciones.