Artículos
 
La retórica rancia del progresismo
26 de febrero de 2014
(Bastión Digital) Lo mismo que suele ser visto como ejemplar en Estados Unidos o Europa, o más cercanamente en Chile, merece reprobación en Venezuela. ¿Por qué cuando los estudiantes protestan en democracias más republicanas y con más componentes liberales se convierten en la vanguardia y en los dueños del futuro y cuando se expresan en contra de regímenes progresistas autoritarios son tildados de reaccionarios y de representantes del imperio?
Gabriel Palumbo
@gabrielpalumbo
 

(Bastión Digital) Cuando al pintor venezolano Carlos Cruz-Diez, de paso por Madrid, le preguntaron qué color le pondría a su Venezuela actual, no pudo responder. Habló de una situación inquieta, dura y angustiante, de la falta de inteligencia y de las dificultades históricas venezolanas, pero no le pudo poner un color.

Las notas que pueden leerse desde Venezuela, al menos las más serias, hablan de muerte, de persecuciones y de un Estado dispuesto a cualquier cosa por sostener un proceso político que comienza a desdibujarse en la historia y a perderse en la intrascendencia de su retórica inflamada.

Todos estos datos no conforman a los progresistas argentinos. Como sucedió y sucede con la dictadura de Castro en Cuba, la mirada sobre la actualidad venozolana y sobre el chavismo caricaturesco de Nicolás Maduro es indulgente y perversa.

Amparados en una interpretación antojadiza del principio de soberanía popular, la progresía argentina sostiene la legitimidad de Maduro sin importarle que se mate a estudiantes indefensos, se persiga a opositores y se expulse a diplomáticos extranjeros. Según ellos, el proceso bolivariano que vive Venezuela justifica estos conflictos. Los más temerarios, por caso Libres del Sur, lo hacen desde la hipótesis de una arremetida imperialista contra el país caribeño.

Nadie puede pensar que en un país no se reúnen conflictividades complejas y hasta crueles. Puede que existan como en cualquier democracia fuerzas sociales y políticas que trabajen para debilitar el poder del régimen. Pero lo que resulta irrefutable es que el actual estado de cosas en Venezuela tiene como responsable principalísimo a la extravagante construcción política denominada socialismo del siglo XXI. Para agravar la situación, los problemas no resueltos por esta forma beligerante de populismo han comenzado a aparecer. En su afán de colocar al Estado por sobre cualquier otra dimensión social, el populismo se entrega a una máxima tan cruel como inexorable: cuando el Estado se queda sin respuesta, lo que sigue es la represión.

Cuando un Estado mata se ha cruzado un límite que no admite distraídos. Antes de los hechos de las últimas semanas se podía estar de acuerdo o no con la perspectiva bolivariana del gobierno venezolano. Pero una vez que el Estado se ha convertido en asesino, los matices se borran y se desnudan las complicidades. Dentro del sistema político argentino lo entendieron bien la UCR y el PRO, que salieron rápido a condenar la represión y a criticar al gobierno chavista.

El resto del sistema político optó por el silencio, que en este caso es igual de perverso que la celebración, o por el acompañamiento, más o menos explícito, al gobierno venezolano. La retórica del progresismo argentino justificatorio del madurismo se llenó de palabrerío muerto, de apelaciones a la soberanía, de retos imperiales y de intereses concentrados, olvidando la masividad de las protestas pacíficas, su conformación marcada por lo juvenil y lo estudiantil y la falta de un interés orgánico en derrocar al gobierno.

En una palabra, lo mismo que suele ser visto como ejemplar en Estados Unidos o Europa, o más cercanamente en Chile, merece reprobación en Venezuela. ¿Por qué cuando los estudiantes protestan en democracias más republicanas y con más componentes liberales se convierten en la vanguardia y en los dueños del futuro y cuando se expresan en contra de regímenes progresistas autoritarios son tildados de reaccionarios y de representantes del imperio?

La solidaridad del progresismo argentino es, para decirlo de algún modo, un compromiso de sofá. Los dirigentes hablan maravillas del proceso popular venezolano pero no se salen de sus cómodas poltronas ni por equivocación. La antigua tradición turística de la izquierda argentina, afecta a brigadas, comitivas y trabajos solidarios, ha sido sustituida por una actitud de espectador entusiasta, de claque ideológica que aplaude pero no se mueve. En el mismo sentido, cuando gobierna, valga por caso el socialismo santafesino, no construye sociedades enfrentadas y violentas. No se parece en sus prácticas al chavismo pero tampoco lo critica contundentemente.

Posiblemente, al conjunto del progresismo argentino le cuesta oponerse a un proceso que se define como igualitario y cree que cualquier cuestionamiento lo coloca en una posición de derecha. Tal vez los progres no quieren aparecer críticos de un gobierno que se autodefine de izquierda, contrario a los intereses americanos y que contempla una obtusa idea de latinoamericanismo. Una opción mucho más inquietante es que los progresistas argentinos no critiquen a la Venezuela actual porque no creen que se pueda hacer convivir a la igualdad con la libertad. O tal vez creen en eso pero no saben cómo hacerlo, lo que les impide criticarlo en otros. En la paleta de colores del progresismo argentino, cualquier cosa que se postule como popular, como igualitario y como antiliberal tomará una tonalidad vistosa y fulgurante, aún cuando diariamente demuestre su inoperancia.

El progresismo argentino es tan profundamente conservador que no puede revisar sus propias equivocaciones y está impedido de procurarse ideas y palabras nuevas. A falta de todo esto, echa mano a lo poco que le queda. La retórica rancia del izquierdismo, las apelaciones simplonas sobre lo popular y la gramática antiimperialista. Todos estos tópicos revelan, fundamentalmente, la escasez de reflexión y la falta de lectura de la contemporaneidad del mundo.  

En tanto la política argentina viva en este entorno conservador que parece no terminar nunca, estas posiciones todavía tendrá un lugar. Si logramos mejorar, la dinámica de la democracia las dejará de lado, las tratará como lo que realmente son: piezas del museo de lo político.

Gabriel Palumbo es sociólogo, profesor universitario y asesor del Instituto Václav Havel de CADAL.

Fuente: Bastión Digital (Buenos Aires, Argentina)