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La bloguera
23 de julio de 2013
Yoani Sánchez, como les ha sucedido a otros críticos democráticos de la Revolución, corre el riesgo de que su voz sea atrapada por los sectores de la derecha más rancia. Un riesgo difícil de sortear, generado, en parte, por el mismo progresismo que la ha abandonado a su suerte. Esa voz está diciendo algo, y el desafío es escucharla.
Rubén Chababo
 

A lo largo de casi seis años Yoani Sánchez, la que hoy es conocida como “la bloguera cubana” entró por asalto a los hoteles habaneros. Confundida entre los turistas o con la ayuda de amigos pertenecientes al personal lograba acceder a las computadoras conectadas a Internet y así subir sus crónicas habaneras que rápidamente se diseminaban por el ciber espacio. En un click, sus visiones de Cuba y en especial de La Habana llegaban a lugares tan diferentes como Chicago, Guatemala, Madrid o Londres, lugares  donde el exilio cubano construyó sus patrias de refugio a lo largo de estas cinco décadas.

Para los no informados del todo, Cuba posee un precario sistema de comunicación por Internet y su acceso libre estuvo reservado hasta hace poco tiempo a los confiables, es decir a aquellos ciudadanos que con seguridad harían un uso responsable de la red, es decir, que no se “subirían” a ella para difundir noticias contrarias al régimen. Cuando se les preguntaba a los funcionarios por la precariedad del sistema comunicacional la respuesta siempre era la misma: el bloqueo. Un bloqueo que siempre ha sido excusa para explicar cualquier carencia y que como es lógico no los incluye,  porque en sus casas de El Vedado o Miramar, barrios deseables para la elite, lo que se negaba y niega en los barrios suburbanos, allí se obtiene por mero derecho de pertenencia, desde bebidas importadas, aparatos electrónicos e incluso también acceso a la red. Pertenecer, en los sistemas socialistas, no es muy diferente a pertenecer en el capitalismo: la diferencia está a la vista y los privilegios, también.

Yoani SanchezLas crónicas que Yoani Sánchez comenzó a subir en sus raides hoteleros son sencillas, casi viñetas, ventanas abiertas a la realidad de un país que en nada se parece a las que con sostenida periodicidad aparecen desde hace años en las páginas de los periódicos Granma o Juventud Rebelde. Yoani Sánchez mira otra realidad, o mejor dicho, observa el mismo paisaje que los cronistas oficiales pero sin la lente que el dogma le impone. De ese modo La Habana no es la postal turística acotada a la Bodeguita del Medio, el Angel de la Jiribilla y la Plaza barroca de la Catedral, sino también, y en especial, los barrios de La Víbora o San Miguel del Padrón donde las familias se hacinan como ganado en precarias habitaciones a las que no llegan los servicios básicos. Frente a los ojos de Yoani La Habana se despinta, se quita los colores con que fue vestida por el exotismo ideológico para mostrar en cambio lo real: las largas colas que hay que hacer desde hace años para conseguir un pedazo de pan, la falta prolongada de luz que transforma la noche de las ciudades de toda la isla en verdaderas bocas de lobo, las redadas represivas y el acoso sistemático a los familiares de los presos políticos, la imposibilidad de conseguir enlazar un punto con otro de la ciudad sin tener que subir a la tortura de un transporte que se desintegra día a día, la vida holgada de los funcionarios o burócratas que viajan por el mundo predicando un evangelio revolucionario que raramente cumplen, el derrumbe de antiguas casas que se desploman como los naipes de una baraja por falta de mantenimiento o por ausencia de insumos básicos para su conservación. Imágenes de la isla que se distancian de aquellas que los viajeros difunden en sus facebook luego de pasar dos días en Camaguey, cuatro en Cayo Hueso y tres en Varadero con profesor de salsa incluido, Diarios del Che, con botella de ron y un par de habanos Cohiba en la maleta.

Ahora Yoani Sánchez ha logrado salir de la isla gracias al levantamiento de la restricción que durante décadas impidió que millones de  cubanos pudieran imaginar siquiera salir del país por unos pocos días. Se ha colado por la puerta oficial de salida sin necesidad de ningún artilugio, como debía haber sucedido desde siempre sin que ningún aparato de Seguridad del Estado dictaminara o no la conveniencia de su viaje.

Sin embargo, lo que más asombra, no es su recorrido por países americanos y europeos, difundiendo su propia  visión de la Revolución, sino la reacción de los llamados militantes del campo progresista ante sus denuncias, los escraches organizados a la salida o a la entrada de sus conferencias, las violentas marchas que intentan asociarla a un cuadro del imperialismo y no a alguien que resiste con medios absolutamente pacíficos los límites a la democratización del espacio político en un país donde un partido único decide el destino de sus ciudadanos hace ya más de cincuenta años y donde el diario de todos los días reproduce noticias que a nadie interesan acompañadas de la transcripción de los kilométricos discursos de sus dirigentes.

Es interesante recordarlo, casi todo lo que dice Yoani de su realidad social y política condice con lo que desde hace años aparece publicado en los informes anuales que dan a conocer Amnistía Internacional o Human Right Watch, las mismas organizaciones que en el pasado llevaron adelante la denuncia internacional contra regímenes como los de Ríos Montt en Guatemala, Fujimori en Perú o Pinochet en Chile. En unos casos, el llamado progresismo les cree, cuando esas denuncian no convalidan sus creencias o sus propios imaginarios ideológicos acusan que las mismas responden a intereses oscuros o difusos.

Yoani Sánchez, como le ha sucedido a otros críticos democráticos de la Revolución, corre el riesgo de que su voz sea atrapada por los sectores de la derecha más rancia y los representantes de las políticas neoliberales cuyo patrimonio más evidente son los millones de excluidos provocados por la aplicación de sus políticas de desarrollo en los años ochenta y noventa.

Un riesgo difícil de sortear, generado, en parte, por el mismo progresismo que la ha abandonado a su suerte.

Esa voz está diciendo algo, y el desafío es escucharla.

Un gesto, mínimo acaso, de no dejar que se la arrebaten y se la apropien aquellos que esperan que todo cambie en la isla para hacer andar el reloj en reverso.

Mañana, tal vez, será demasiado tarde. Y no habrá derecho a decir “yo no sabía”.