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La verdadera orientación de los cambios económicos que necesita Cuba
5 de abril de 2013
El problema no es de velocidad ni de análisis o formulación de actuaciones. El verdadero problema es que no se sabe bien a donde se quiere llegar. O si se sabe, es más de lo mismo, y ahí están los últimos 55 años para saber que nada bueno cabe esperar de reparar algunas piezas de la vieja maquinaria. La reestructuración de la economía existente en la Isla pasa por un giro de 180º en las relaciones económicas y sociales de producción.
Elías Amor Bravo
 

El pasado 2 de abril, el consejo de ministros encabezado por Raúl Castro se dedicó a pasar revista a las directrices de política económica contenidas en los llamados “Lineamientos”, y tras afirmar la necesidad de “resistir las presiones de quienes desean ir más rápido”, el dirigente fijó como prioridad la revisión, en profundidad, de todas las actuaciones emprendidas hasta la fecha, “la crítica y la reflexión”.

Una posición que ya se ha interpretado como una llamada de atención de los sectores más reaccionarios del régimen, y la demostración pública de que en la Isla aparecen posiciones distintas respecto a la marcha de los acontecimientos, al menos en política económica.

De un lado, los que según palabras de Raúl Castro, “pretenden ir más rápido”, de otro los que creen que se “avanza a buen ritmo, pero la magnitud y complejidad de los problemas no permiten que podamos resolverlos de un día para otro”. Entre estas dos posiciones no es fácil encontrar un equilibrio, y el éxito de las actuales reformas en curso, va a depender de que se alcance una posición sostenible que permita la continuidad.

Estamos, qué duda cabe, ante una novedad en el pétreo sistema político ideado por los hermanos Castro hace más de medio siglo. El reconocimiento de la existencia de posiciones distintas sobre un mismo tema, en este caso, sobre el ritmo de aplicación de medidas de política económica, es muy relevante.

Moviéndose en el filo de una navaja, tal vez para intentar liderar las dos posiciones aparentemente enfrentadas, Raúl Castro defendió que su régimen cuenta con una serie de guías para emprender las reformas necesarias para mejorar la economía de la isla, pero añadió posteriormente que esas medidas no pueden convertirse en “una camisa de fuerza”, en cuanto que deben estar sometidas a críticas y a su flexibilización.

En un determinado momento de su intervención, el dirigente comunista requirió a diferentes organizaciones a que presenten propuestas para mejorar el proceso de reformas en el que se encuentra inmerso el régimen para sacar la economía de su postración de medio siglo. Una declaración que bien podría interpretarse como una oferta de “diálogo social” si bien, los interlocutores son inexistentes o pertenecen todos a la esfera de control del partido único que dirige los destinos del país, lo que podría interpretarse como una nueva demora del proceso.

Si complicado fue el proceso de elaboración de la agenda, no conviene olvidar que los primeros debates públicos sobre la necesidad de cambios se pusieron en marcha al poco de llegar Raúl Castro al poder en 2006, luego son más de siete años que es tiempo más que suficiente para observar resultados concretos, más complicado puede ser el proceso de aplicación de las medidas contenidas en los Lineamientos.

Como cabía esperar de todo proceso de cambio, aparecen los que se sienten satisfechos de lo realizado, y reivindican su labor, y por otro lado, surgen posiciones que entienden que se podría haber alcanzado un mejor resultado yendo más rápido.

Pero, ¿es tan complejo lo que se tiene que hacer y que no queda más remedio? La pregunta tiene una respuesta simple. La reestructuración de la economía existente en la Isla pasa por un giro de 180º en las relaciones económicas y sociales de producción, situando al sector privado y los derechos de propiedad en el eje del sistema económico, y situando a la planificación estatal en los ámbitos regulatorios, en línea con lo que se realiza en otros países de economías mixtas.

La creación de zonas de desarrollo económico, como el Puerto del Mariel o la política de entrega de tierras y la autorización al ejercicio por cuenta propia de una serie de oficios, no son más que parches que pretenden aportar oxígeno a una economía ineficiente y gris. Pero no son la solución de futuro, y eso lo saben las autoridades, los dirigentes y el pueblo cubano.

Los enunciados de política económica del régimen que se realizan en estos consejos de ministros por los responsables, como “potenciar las exportaciones y desacelerar el crecimiento de las importaciones, favoreciendo la producción nacional”, las mejoras del “sistema empresarial (la venta de inventarios ociosos o de lento movimiento, la actualización de los objetos sociales y el mejor aprovechamiento de las energías renovables)”, “trabajar para garantizar los ingresos externos seguros que provienen del turismo, la industria de medicamentos, la producción de níquel y el azúcar”, o “dar prioridad las inversiones que generen ingresos en el corto plazo y propicien la sustitución de importaciones” son en cierto modo correctos, pero no van a resolver el origen del problema, que es la inadecuada estructura económica, en la que no existe un marco jurídico para los derechos de propiedad y la asignación de recursos se realiza por medio de la planificación central y no el mercado.

Ni siquiera, propuestas como que “las empresas, a partir de las utilidades después de impuesto, cumplidos los compromisos con el Estado y los requisitos establecidos, puedan crear fondos para el desarrollo, las inversiones y la estimulación a los trabajadores”, o “la aprobación del primer grupo de 126 cooperativas no agropecuarias (111 mercados agropecuarios; cinco estarán asociadas a servicios de transporte de pasajeros; seis a servicios auxiliares del transporte; dos para el reciclaje de desechos y 12 relacionadas con actividades de la construcción)” tienen sentido porque nos devuelven a la misma filosofía de parches que no vienen a resolver el problema general de una economía que posee una estructura inadecuada para funcionar con eficiencia.

Las autoridades deben ser conscientes de que este tipo de medidas no conducen a ningún sitio. El problema no es de velocidad ni de análisis o formulación de actuaciones. El verdadero problema es que no se sabe bien a donde se quiere llegar. O si se sabe, es más de lo mismo, y ahí están los últimos 55 años para saber que nada bueno cabe esperar de reparar algunas piezas de la vieja maquinaria. Hay que construir una nueva máquina en la que se tiene que devolver el poder de elegir y la propiedad a todos los cubanos para que puedan elegir libremente y decidir lo que consideren más adecuado para sus vidas y haciendas. Mientras no se asuma que esta es la dirección, poco importan velocidades o presiones.