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Dwight Fulford: Una historia desconocida
26 de marzo de 2013
Dos personas, quienes fueron rescatadas por la embajada, no se han olvidado de sus salvadores: "Aun sentimos la calidez del apoyo, la preocupación y la solidaridad infalible de la embajada canadiense durante la dictadura", escribe Adriana Chamorro, quién pasó primero por "el infierno" de la prisión clandestina con su marido, luego por una prisión en Villa Devoto y una libertad provisoria, hasta que ellos y sus hijos recibieron visas para entrar a Canadá. Recuerdan haberse ido del aeropuerto Ezeiza bajo el cuidado de la embajada.
Robert Cox
 

Uno de los placeres del periodismo es poder contar aquellas historias que necesitan ser contadas. Una de ellas es la historia acerca del rol de cancilleres y el staff de la embajada canadiense durante la dictadura militar argentina.

Era una diplomacia silenciosa y discreta, de la cual no estaba informado hasta que conocí al Embajador Dwight Fulford, poco tiempo antes de que mi mujer, mis cinco hijos y yo hayamos decidido irnos de Argentina, una semana antes de la Navidad de 1979, tras haber evadido dos intentos de secuestro. El embajador me regaló un diccionario de citas canadienses, que no sólo agregó a mi conocimiento la sabiduría y humor canadiense, sino que también señaló su compromiso en derechos humanos a través de las palabras que escribió atrás.

El Presidente Jimmy Carter había logrado que los derechos humanos sean un asunto en política exterior, pero muchos embajadores resistieron la idea, burlándose de aquellos que apoyaron la causa, acusándolos de ser "excesivamente sensibles". La mayoría de los países y los cancilleres veían la tortura y el asesinato de disidentes por regímenes represivos como "asuntos internos". Antes de que Estados Unidos haya decidido tomar las riendas, los representantes de los gobiernos democráticos ayudaban a sus propios ciudadanos cuando estaban en aprietos, pero siempre respetaban la soberanía y el concepto de no intervención. Vale la pena resaltar que los esfuerzos de un hombre, F. Allen ("Tex") Harris (funcionario político en la embajada de Estados Unidos en Buenos Aires) de exponer y parar la maquinaria asesina de la dictadura, forjaron el camino para frenar la impunidad de los tiranos ante los diplomáticos.  

El recuerdo de Dwight Fulford, quien falleció el 23 de enero de 2009 a los 78 años, permaneció conmigo y, cuando logré regresar a la Argentina, escuchaba su nombre frecuentemente, especialmente cuando las conversaciones giraban en torno a los horrores de la dictadura. La verdadera magnitud del horror del Proceso- la tortura obscena en las prisiones clandestinas, las "desapariciones", las madres asesinadas y los bebés secuestrados- no era conocida durante la dictadura. Aquellas personas que sabían algo acerca de lo que sucedía e intentaron hacer algo para ayudar merecen ser conocidos.

Dwight Fulford y su mujer, Bárbara, tenían una ventaja sobre otros embajadores. Uno de sus primeros destinos diplomáticos fue Buenos Aires y su llegada coincidió con el golpe militar que destituyó al presidente Juan Domingo Perón. Junto con su mujer, forjaron amistades duraderas que fueron retomadas una vez que volvieron en 1978. Entre medio, estuvieron en Cuba durante la Crisis de los Misiles. Bárbara Fulford habló acerca de su experiencia a The Globe and Mail: "Nos desilusionó rápidamente el régimen. Era muy cruel y arbitrario. Conocí a Che Guevara pero evité conocer a Castro. Mi marido tuvo que conocer a todas las figuras revolucionarias por su trabajo."

Las descripciones de Dwight Fulford elaboradas por sus dos hijas en su obituario coinciden con el tipo de hombre que siempre lo imaginé ser: "Era un embajador excelente porque nunca era hostil o molesto con otra gente. No obstante, siempre se aseguraba de que la postura canadiense en torno a los derechos humanos sea totalmente transparente", dijo Sarah, uno de sus cinco hijos. "Cualquier persona podía hacer una cita para verlo y conoció a gente de todo tipo durante su carrera diplomática, de estatus bajo y alto. No importaba quién era la persona; trataba a todos con la misma cortesía, sea el presidente o el cocinero".

Su otra hija, Martha, enfatizó su compromiso con la justicia social y los derechos humanos: "Él, como también nuestra madre, veían más allá del color, género o etnia-los problemas y las causas los motivaban. Esto también se veía reflejado en la vida en casa. No creo que pueda contar el número de refugiados, inmigrantes, entre otros, que disfrutaron de su hospitalidad y apoyo por años".

La Sra. Fulford compartió recuerdos sobre su vida en Buenos Aires durante la dictadura, describiendo como su marido escuchaba compasivamente cuando le contaban acerca de las tácticas represivas y brutales utilizadas por los militares y dijo que tuvo muchos encuentros con las Madres de la Plaza de Mayo. "Estas personas venían a cenar, incluyendo los que eran supuestos torturadores y asesinos, y nos dijeron que los tratemos con cortesía". Amigos de los Fulford han contado historias que muestran que la disciplina diplomática y cortesía de la Sra. Fulford no impedía que lograra sacar de los generales, incluso del Ministro de Interior, Gral. Albano Harguindeguy, información acerca de los métodos que utilizaban los militares. Los Fulford, casados por 54 años, claramente eran un equipo.

El hecho de que no se haya contado su historia acerca de la defensa de los derechos humanos y de vidas humanas demuestra cuan diplomático era. Aprendí gracias a Gabriel Levinas, un ícono periodístico que creó PlazadeMayo.com (una revista virtual que es un recurso esencial para la discusión seria de grandes asuntos) que él conoció al Embajador Fulford, quien coleccionaba arte, cuando tenía una galería. Levinas me contó que al embajador le preocupaba mucho el trato al que estaban sometidos los prisioneros judíos y dijo que había contactado al embajador israelí tres veces para decirle que los judíos eran particularmente maltratados cuando eran secuestrados. Descubrí, gracias al contacto con ex-funcionarios de la embajada y el staff que me aseguró el embajador canadiense actual, Gwyn Kutz, y la ayuda invalorable del ex-funcionario de inmigraciones, Neil Brockenshire, quien me dio una gran cantidad de material, que el compromiso de los Fulford hacia los derechos humanos no era conocido por el staff de la embajada. En mi opinión, ellos posibilitaron que los otros miembros de la embajada, funcionarios y staff local, operaran de forma independiente.

Colleen Cupples es recordada con cariño. Llegó a Buenos Aires en 1981 como Primera Secretaria (inmigración) y comenzó a utilizar un programa para prisioneros políticos y personas oprimidas conocido con una palabra formada por sus iniciales: PPOP. La idea era sacar a personas de prisión y mandarlas a Canadá. Uno de los ex-miembros del staff recuerda: "Puedo recordar una pareja que, luego de ser liberada de prisión, había decidido quedarse en Argentina. Un día, la mujer me llamó y me dijo que querían irse porque habían sido acosados y no se sentían seguros ya. Hable con Colleen Cupples, la directora de la sección de visas en 1981, y me dijo que la pareja debía comunicarse con la embajada todos los días así sabríamos que estaban bien. Su aplicación fue procesada rápidamente y ahora están en Canadá. Luego de unos años y devuelta en Canadá, esta pareja me contó que la única cosa que los hizo sentirse seguros fue el acto de llamar todos los días a la embajada.

También recuerdo a Collen Cupples organizando una recepción en su casa. Ella invitó a todos sus contactos, incluyendo a aquellos miembros de organizaciones de Derechos Humanos. Obviamente, también había funcionarios argentinos. Si bien no tengo razones para confirmar esto, creo que Colleen era una persona emocionalmente involucrada con los asuntos relacionados a los derechos humanos. Un día fui con ella a una de las primeras marchas por la defensa de los derechos humanos en la Plaza de Mayo".

Dos personas, quienes fueron rescatadas por la embajada no se han olvidado de sus salvadores: "Aun sentimos la calidez del apoyo, la preocupación y la solidaridad infalible de la embajada canadiense durante la dictadura", escribe Adriana Chamorro, quién pasó primero por "el infierno" de la prisión clandestina con su marido, luego por una prisión en Villa Devoto y una libertad provisoria, hasta que ellos y sus hijos recibieron visas para entrar a Canadá. Recuerdan haberse ido del aeropuerto Ezeiza bajo el cuidado de la embajada.

Si alguna vez fuera a repetirse un quiebre tan severo en la sociedad como aquel causado por la violencia explosiva que sorprendió a la Argentina en los '70s, los embajadores provenientes de países democráticos ya no tendrán sus manos atadas por regulaciones restrictivas. Este es un factor que debería ayudar a asegurar que "Nunca Más" realmente signifique nunca más.

Este artículo fue originalmente publicado en el diario Buenos Aires Herald.

Traducción de Sofía Lana.