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Antídotos democráticos
2 de junio de 2012
(LA NACION) Las sociedades marcadas por el terrorismo deben llegar a un consenso político contra las dictaduras para cerrar sus cuentas con el pasado, sin llegar al "punto final" para no endilgarle a la generación venidera dolor y desasosiego. Llevaba años reconstruyendo el rompecabezas macabro de los tiempos en los que nuestro Estado se hizo terrorista, preguntándome sobre qué vamos a hacer los argentinos con el peso de ese pasado. Por eso, me sirvió saber que tal como sucedió en Alemania el reconocimiento de lo que nos sucedió no apunta al pasado, sino a las "reglas morales" para el futuro. O sea, los antídotos democráticos.
Norma Morandini
 

(LA NACION) Recordé todo lo que dijo el humanista alemán que resistió la falta de libertad del régimen comunista de Alemania del Este, pero no retuve su nombre. Aprecié su postura ética frente a los derechos humanos: "Aceptemos el dominio del derecho y comprendamos que sin él no se pueden resguardar los derechos humanos ni se puede progresar en paz". Admiré su independencia política. A la derecha, exhorta: "Pueden cuestionar el accionar de la izquierda, pero deben defenderla cuando son presos y torturados". A la izquierda, advierte "no hay crímenes buenos", esas causas nobles con las que se justifican los asesinatos. Me identifiqué con la idea de que las sociedades marcadas por el terrorismo deben llegar a un consenso político contra las dictaduras para cerrar sus cuentas con el pasado, sin llegar al "punto final" para no endilgarle a la generación venidera dolor y desasosiego.

Yo misma llevaba años reconstruyendo el rompecabezas macabro de los tiempos en los que nuestro Estado se hizo terrorista, preguntándome sobre qué vamos a hacer los argentinos con el peso de ese pasado. Por eso, me sirvió saber que tal como sucedió en Alemania el reconocimiento de lo que nos sucedió no apunta al pasado, sino a las "reglas morales" para el futuro. O sea, los antídotos democráticos.

Ese dirigente alemán que pasó por Buenos Aires, organizó los archivos de la temida Stassi, la policía política del régimen, y como diputado impulsó la sanción de la ley que permitió el libre acceso a esos archivos a todas las personas mencionadas en ellos. Uno de esos casos inspiró la película La vida de los otros . El drama de un actor perseguido y el dilema de un espía de la policía política mostró de manera descarnada las técnicas de la persecución y la opresión del terror de la Alemania comunista.

Corría 2007. Yo estrenaba mi banca de diputada y llevaba mucho tiempo dándole vueltas al tema de la culpa. Por eso, indagué al visitante sobre la responsabilidad y la culpa, los sentimientos que tan bien describe la filósofa Hannah Arendt en relación con el nazismo. Pastor y teólogo, conocedor del pensamiento de Arendt, observó que "bajo el dominio de las dictaduras, la gente tiene una pérdida de realidad porque la verdad es peligrosa y, entonces, los hechos pierden importancia frente a las opiniones sobre los hechos". Explicó también un sentimiento que bien se puede reconocer en la Argentina: "Después de las dictaduras se produce otra pérdida: los pueblos se autocompadecen y no se culpan por lo que hicieron. Una generación más tarde, la culpa domina". Todo podía aplicarse a nuestro país: "La culpa aparece en varias dimensiones, la penal, la moral, la metafísica y la política. Cada dimensión tiene su propia instancia de elaboración. No todas las culpas van a los tribunales penales, pero van a otras instancias como la moral o la metafísica: la culpa destruye la relación con Dios".

A estas alturas, ya debo ir revelando las razones de mi evocación. Si me resultó aleccionador escucharlo, me sentí avergonzada porque a la reunión no había acudido ningún dirigente de Derechos Humanos, siquiera el resto de los legisladores de la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara. Tal vez, porque la invitación la había hecho un diputado de la "derecha", en un momento que comenzaba a diseñarse lo que sobrevino con fuerza después, la interpretación o apropiación de los derechos humanos, despojados de la universalidad que los define. Al final, las persecuciones, el terror, las cárceles, el control de los espías del Estado, son iguales, cualquiera que sea la versión ideológica del totalitarismo.

Antes de despedirse, se interesó por mi historia personal. Conté que había escrito un libro, De la culpa al perdón , para mí el más sufrido, el que me obligó a indagar desde mi propia desolación ante el reconocimiento tardío de la culpa por haber sobrevivido y la responsabilidad aún no admitida ni menos debatida por mi generación sobre la tragedia colectiva. Sin embargo, ninguna editorial quiso publicarlo. "No se preocupe, dentro de diez años su libro se va a leer", afirmó sin dudar, con la sabiduría del teólogo que resistió al totalitarismo y tiene la autoridad del pacifista que antepone la libertad al poder.

Y así fue. Pasó una década desde que escribí De la culpa al perdón, ahora en las estanterías. Reconozco que la cautela de las editoriales fue, también, una confirmación de que aún no erradicamos ni la ira ni el miedo. Y la palabra "perdón" levanta más escozor que el odio o la furia. Desde que supe que iba a ser publicado, comencé a preguntar sobre aquel hombre profético que me vaticinó la década que media entre la escritura y su publicación. Nadie recordaba su nombre. Días atrás, frente al telenoticiero que informaba sobre el altísimo consenso que concita el flamante presidente de Alemania, lo reconocí de inmediato: Joachim Gauck. Ahora sólo ambiciono que pueda ser leído como fue escrito, con la razón del corazón, allí donde los seres humanos nos reconocemos. © La Nacion

Fuente: La Nación (Buenos Aires, Argentina)