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El neo-tercermundismo domina en las cancillerías latinoamericanas: los casos de Libia y Siria vistos desde Buenos Aires y Brasilia
21 de noviembre de 2011
En esta década América latina ha dado dos pasos para alejarse de Occidente y sus valores tradicionales de libertad y democracia: la construcción de regímenes que como el de Chávez, ya no merecen ser considerados democracias, sino dictaduras plebiscitarias, y el viraje de gobiernos que sí son claramente democráticos, como los de Brasil, Uruguay, Argentina, etc., pero que practican un doble estándar descarado en materia de política exterior.
Pablo Díaz de Brito
@pablodb1
 

Los gobiernos de centroizquierda de la región han impuesto en esta década una política exterior de un neto sesgo anti-occidental. No ya solo de desafío a la cada vez más deshilachada hegemonía norteamericana y europea, sino de repudio más o menos explícito a los valores que el tándem Estados Unidos-Europa representa en el tablero internacional. Mientras lo primero es esperable y hasta auspiciable, dado el crecimiento relativo de los países emergentes y la casi total autonomía de su proceso de desarrollo de los otrora países centrales, el renacer de valores (o disvalores) antioccidentales, de viejo cuño tercermundista-no alineado es de lamentar, al menos visto en una perspectiva demo-liberal y republicana.

Aunque este viraje está presente en los países del eje bolivariano de manera muy explícita y agresiva, el problema es que ese sesgo antioccidental se presenta también en las democracias líderes de la región. Por eso, es tal vez mucho más interesante -y preocupante- estudiar el caso brasileño antes que el venezolano. Brasil es sin dudas el líder de América latina y el que mayor atención concita en el escenario global. Y ocurre que el Itamaraty, bajo Lula y hoy bajo Dilma Rousseff, ejerce una política exterior que, en su afán de demostrar que ya no existe subalternidad a Estados Unidos-Europa, termina haciendo el juego a los peores dictadores y regímenes del mundo subdesarrollado. En 2009, Lula y su canciller nacionalista Celso Amorim decidieron jugar en las ligas mayores y se metieron en el litigio de Irán con la comunidad internacional por su programa nuclear. Junto con Turquía, otro jugador que quiere subir a la primera división, hicieron una oferta de negociaciones al presidente  iraní  Ahmadineyad que simplemente cayó en el más completo vacío. Tanto el grupo de potencias occidentales (EEUU, Francia, Gran Bretaña y Alemania) como las dos potencias extra-occidentales del Consejo de Seguridad con poder de veto, China y Rusia, les hicieron saber a Brasil y Turquía que aún son demasiado chicos para sentarse a la misma mesa que ellos. Un firme: "no, gracias" apartó a Lula y Amorim del complejo asunto iraní.

Lo mismo le pasó al líder turco Erdogan, quien intenta posicionar a su país como algo más que una potencia regional de  necesaria consulta en los confictos mediorientales.  Ahora, con Dilma y Antonio Patriota de canciller, Brasil ha vuelto a mostrar, si bien de manera menos torpe, su vocación tercermundista, su voluntad por marcar diferencias con EEUU y Europa antes que nada y por sobre todo. Y lo ha hecho ante dos conflictos gravísimos, en los que se cometieron y cometen delitos de lesa humanidad: Libia y Siria. En ambos casos, aunque sin caer por supuesto en la solidaridad activa de Hugo Chávez con los camaradas revolucionarios Kaddafi y Assad, Brasil ha jugado una y otra vez (como China, como Rusia) la carta hipócrita del llamado a la paz y al diálogo entre las partes cuando bien sabía que ya no era posible tal cosa. En el Consejo de Seguridad se abstuvo de votar la resolución 1973 que habilitó los bombardeos de la Otán, los que resultaron claves para salvar a la revolución democrática libia contra Kaddafi. Fue particularmente grotesco un comunicado brasileño algo posterior, invocando por enésima vez al diálogo entre las partes en plena guerra libia, mientras Kaddafi sometía a un sitio brutal, medieval, a la ciudad de Misurata (de ahí provienen los que lo ejecutaron como un perro: ejercieron el ojo por ojo del Viejo Testamento). Pero en Itamaraty actuaban como si se tratara de un conflicto de muy baja intensidad, donde las partes podían deponer las armas después de haber hecho un par de disparos y  sentarse a negociar, como si fuera esto posible con Kaddafi, o ahora con Assad en Siria. Por algo el Consejo Nacional de Transición libio, cuando en julio ya estaba claro que Kaddafi había sido derrotado, señaló que no tendría problemas con Italia y mucho menos con Francia  y Gran Bretaña , pero que había "cuestiones pendientes con China, India y Brasil".

Esta postura reiterada de Brasil parte de una premisa de hierro: nunca alinearse, menos en un conflicto armado, con EEUU, Europa y la OTAN.  En Argentina llaman a esta actitud o reflejo "no ser funcionales a Estados Unidos", y el argumento se aplica desde hace décadas a cualquier tópico recurrente de la agenda internacional: Cuba, Chávez, ahora Siria, hasta hace pocas semanas el genocida Kaddafi. El filo-castrismo explícito de Brasil y por cierto de Argentina, y el silencio o el tono complaciente de las demás cancillerías latinoamericanas ante la dictadura cubana, es otro claro ejemplo de este repudio de hecho de los valores demo-liberales bajo la excusa de desmarcarse de Washington y sus aliados europeos. Es un juego diplomático que, en  los últimos años, con  el proceso de multipolarización que acompaña a la globalización, se ha acentuado, alejando así a la región de Occidente, tanto en términos de valores como en el terreno geopolítico.

Pero mientras que la máxima autonomía de Estados Unidos, la UE, o de cualquier otra potencia es algo siempre deseable per se, repudiar los valores que ellos encarnan en el tablero mundial no lo es, en absoluto.

El neo-tercermundismo nos dice sin embargo que una cosa es inescindible de la otra, que no hay real autonomía de Washington  sin militar en el campo de países emergentes que le guiñan un ojo cómplice a dictadores atroces mientras cierran el otro ojo ante las flagrantes violaciones de los derechos civiles y políticos que perpetran en la región los "amigos" Chávez, Evo y Ortega.  Sobre estos vecinos, Dilma y Patriota parecen decir: no somos como ellos, pero jamás levantaremos la voz en público para condenar la persecución que cometen de la oposición y la prensa independiente. ¿Dónde está el comunicado de las cancillerías argentina o brasileña de crítica, no digamos de condena, por el brutal proceso electoral montado por Ortega en Nicaragua? No lo hay, es inútil buscar una línea. Lo mismo vale para los recientes avances del ecuatoriano Rafael Ortega sobre lo que resta de prensa libre en su país.

El asunto tiene su complejo "backstage". La política exterior suele funcionar en los gobiernos de centroizquierda regional como válvula de escape para lo que no puede realizarse en la agenda doméstica. Hay que darle "un gusto" a las bases partidarias del PT, del sector radicalizado del Frente Amplio uruguayo, a los intelectuales y medios de comunicación que batallan todos los días por la eternización del kirchnerismo en Argentina. ¿Y qué hay más "barato" que la política exterior, exhibiendo la "no alineación" con Washington? El pícaro Lula sin dudas pensó así cuando hace dos años acordó aquella disparatada negociación a tres bandas con Irán. Conviene agregar que un influyente sector de la diplomacia profesional brasileña piensa de esa forma. Son los teóricos regionales de las Relaciones Internacionales que siempre han abogado por la "autonomía heterodoxa" como único camino para superar la vieja "dependencia". Esta retórica antiamericana y anti-occidental también "rinde" mucho desde las tribunas a los presidentes que las practican. En la Argentina, como es sabido, el sentimiento anti-estadounidense muestra picos récord.

En este contexto, intentar explicar que no se trata de hacer seguidismo de EEUU, pero sí de rescatar y sostener los valores que esa sociedad trajo al mundo, es una tarea casi imposible, mucho más en el violento clima descalificador que se ha establecido, por ejemplo, en el ágora mediática argentina.

De modo que en esta década América latina ha dado dos pasos para alejarse de Occidente y sus valores tradicionales de libertad y democracia: la construcción de regímenes que como el de Chávez, ya no merecen ser considerados democracias, sino dictaduras plebiscitarias, y el viraje de gobiernos que sí son claramente democráticos, como los de Brasil, Uruguay, Argentina, etc., pero que practican un doble estándar descarado en materia de política exterior. Terreno donde no le perdonan "una" a las naciones occidentales, pero pueden actuar de hecho como cómplices silenciosos de genocidas de la peor calaña, como ya se vio con Kaddafi a lo largo de todo este año y se vuelve a comprobar ahora con el caso del sirio de Assad.

Vale recordar para explicar este silencio, que en julio de 2010, hace  algo más de un año, el dictador sirio realizó una gira por Venezuela, Cuba, Brasil y Argentina. Ya se olvidó convenientemente, pero el genocida de Homs y Hama fue agasajado por Raúl Castro, Hugo Chávez (lo que es coherente y no sorprende a nadie), pero también por Lula y Cristina Kirchner, lo que sí choca y causa perplejidad. Salvo, claro, que se conozca ese trasfondo ideológico que en desde aquí intentamos poner en foco. Recibir a quien era ya entonces muy mal visto en todo Occidente por su alianza con Irán y Hezbolá fue interpretado por Brasil y Argentina, nuevamente, como un gesto de independencia. No importó ni siquiera en el caso argentino que este dictador fuese aliado (y subalterno) de los ayatolás iraníes que causaron la matanza de la Amia en 1994. Y a propósito de este crimen: este año, en la asamblea anual de la ONU, Cristina Kirchner dio orden a la delegación argentina que no se levantara y retirara cuando tocó el turno de hablar al presidente Ahmadineyad, quien volvió a volcar en el micrófono las obscenidades antisemitas que lo han hecho famoso. Con esa decisión, Cristina también se desmarcaba y señalaba su independencia de EEUU y Europa, cuyos delegados, como ya es tradición, si se retiraron al acercarse Ahmadineyad al atril.

Esta conducta sistemática y pensada de las cancillerías latinoamericanas de gobiernos "progresistas", da cuenta de la existencia de un problema de fondo y no de algo meramente táctico. Por un lado, se evidencia que estos gobiernos no son de matriz socialdemócrata, sino que provienen de la izquierda radicalizada de los años 70 que se reformó a los golpes, bajo la fuerza de los hechos. Esta política exterior es algo así como un rasgo arcaico que señala ese origen. A su vez, estos gobiernos encarnan con esas conductas una pulsión profunda de sus sociedades. Un odio secular contra esos países desarrollados occidentales que les han marcado qué hacer y qué no hacer durante décadas, sino siglos. El afán de venganza por tantos años de subalternidad puede más que la salvaguarda de los valores demo-liberales supuestamente compartidos con esas sociedades. Se trata así de algo más grave y profundo que un mero "darse el gusto" de una camarilla gobernante que, como Lula, Dilma, Cristina y Mujica, podría satisfacer tardíamente un viejo anhelo de sus años de militancia juvenil. No, si fuera sólo eso se estaría ante un error episódico y fácilmente subsanable. Pero al tratarse de dar satisfacción a una pulsión colectiva, a un rencor de lejanísima data, estas políticas tienen el sello de lo potencialmente permanente, de aquello que sólo con un drástico cambio de signo político de los gobiernos puede terminar.

Mientras tanto, las cancillerías de estas democracias latinoamericanas seguirán subalternizándose a esa izquierda antidemocrática y radical que denuncia desde Cuba y Venezuela los planes maléficos del "imperio" y se solidariza con Assad, como antes con Kaddafi, y antes de eso con las dictaduras de Bielorrusia y Zimbabwe [1].

Pablo Díaz de Brito es analista de CADAL y redactor especial de www.analisislatino.com

[1] Puede leerse acá un inmejorable ejemplo de esta postura