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Las enfermedades de los caudillos latinoamericanos y lo que dicen de nuestras sociedades
7 de noviembre de 2011
Tanto con Lula como con Chávez, el viejo caudillismo latinoamericano está detrás del desmesurado interés que despertó la noticia de su enfermedad. Por supuesto que en el caso de Brasil se está ante una democracia más o menos plena, plagada de vicios pero democracia al fin. En Venezuela, claramente y sin discusión, domina un sistema autoritario, una dictadura plebiscitaria que practica el más crudo populismo.
Pablo Díaz de Brito
@pablodb1
 

Lula tiene cáncer de laringe. La noticia llegó a las Redacciones el sábado 29 de octubre pasado, más o menos a primera hora de la tarde: ¡Una bomba! Cambió todo: afuera Grecia-UE de las tapas de los diarios, para atrás la situación en Siria, etc.

¿Por qué tanta conmoción por la enfermedad de un ex presidente?, se preguntaría un anglosajón o un escandinavo. Un latinoamericano ni se plantea ese interrogante. Vive inmerso desde que nació en una cultura caudillista, en la que siempre hay un líder, con o sin cargo formal. Y en Brasil, Lula, desde su departamento suburbial de San Pablo, es la figura política más poderosa del país. Cuando lo sorprendió la enfermedad estaba empleado a fondo en apuntalar a su precandidato a alcalde de San Pablo para 2012, el ministro de Educación Fernando Haddad. Y la enfermedad le hizo ganar esa pulseada desde la cama de convaleciente. La “compañera” Marta Suplicy se bajó luego de su pre-candidatura. Haddad, el protegido de Lula, tiene ahora vía libre. ¿Quién se iba a animar a pelearle una pre-candidatura al “pobre Lula” enfermo?  Ni “Marta”, que en San Pablo es una figura política top del PT.

El caso es que en Brasil todos ven a la presidencia de Dilma Roussef casi como un entretiempo entre dos presidencias de Lula. Aunque ella haga todo lo posible por “deslulizar” su gabinete echando a una larga lista de ministros que le dejó de herencia forzada su jefe político. Dilma aprovecha el lado débil del lulismo: su persistente venalidad. Casi todos los ministros que echó este año vienen del riñón lulista,  impuestos por él. Los cinco cayeron por graves denuncias de la prensa independiente por corrupción. Una marca de fábrica del lulismo es la corrupción con fondos estatales y el tráfico de influencias desde el poder. Un pecado  que la población sólo le perdona a Lula, porque, con una falsa ingenuidad bien construida, dice creer que él no tiene nada que ver, que son ellos, los ministros corruptos, los que se aprovechan de la confianza del líder.  Por todo esto  no parece haber dudas de que en 2014 Lula,  si se repone de su cáncer, no debería tener problemas en imponerse a Dilma como candidato presidencial del PT y su coalición.

Falta mucho tiempo y todo puede cambiar, pero en este momento claramente es así, máxime con la ola de simpatía que siempre despierta una enfermedad grave.  Aún no se conocen sondeos, pero se puede apostar a que la ya altísima popularidad de Lula subió aún más.

Dilma, al contrario, mantiene su idiosincrasia distante y técnica, tan poco “brasileña”. Y debe lidiar con el enfriamiento de la economía luego del espectacular 2010 que tuvo el país en el último año de Lula como presidente, quien no dudó en apretar el acelerador económico a fondo para asegurarse el triunfo electoral de su pupila.

Apenas llegó al Planalto, el 1º de enero pasado, Dilma dio a conocer su temperamento austero: ordenó un seco recorte del gasto de 30.000 millones de dólares para enfriar la sobrecalentada economía y la alta inflación que le dejó su alegre predecesor. El caso de Dilma demuestra, de paso, y contra lo siempre afirmado por los liberales más ortodoxos, que el sentido de la austeridad fiscal y la seriedad en la gestión también pueden darse en un político de centroizquierda. Es por esta seriedad y credibilidad que transmiten Dilma y su gobierno que en octubre pudo pilotear una devaluación gradual pero firme del real, hasta 18%, para luego dejarla un par de puntos más abajo. Compárese esta limpia maniobra cambiaria con el despropósito visto estos días en Argentina, donde, ante una corriente imparable de los ahorros en pesos hacia el dólar, el gobierno de CFK decidió poner un cepo brutal a la venta de dólares. El episodio tuvo aspectos desopilantes: estudiantes extranjeros que no podían comprar dólares para pagar su alquiler,  gente que se veía tachada como “inconsistente” en el formulario online de la autoridad fiscal pese a tener sobrados ingresos para comprar unos pocos cientos de dólares y familias que tuvieron varios días congelada la compra de su vivienda con un crédito hipotecario en dólares (en Argentina todas las operaciones inmobiliarias se hacen en dólares).

El contraste entre la visión anacrónicamente intervencionista de la Argentina kirchnerista y la pulcra “flotación” implementada en Brasil dan un buen parámetro sobre las distancias cualitativas y técnicas que hay entre ambos gobiernos, aunque pertenezcan en principio a la misma área ideológica.

Pero nos hemos ido un poco de tema. El punto acá es que la enfermedad de Lula pone en negro sobre blanco el rol central de los caudillos en la política latinoamericana. Lula es un ex presidente, estuvo dos períodos al frente del país y ya tiene 66 años. Pero Lula es igualmente la figura política número uno de Brasil, como decíamos, y condiciona, como se comprueba con el caso de Haddad en San Pablo, la política de su partido desde su lecho de convaleciente. Todo Brasil está pendiente de los partes médicos y de cómo evolucionará el cáncer de laringe del líder petista. Desde la bolsa de San Pablo a los pobres del nordeste, sus votantes más fieles, toda la nación sigue la suerte de Lula día a día.

El otro caso que también está en la agenda médico-política regional es, claro está, el de Hugo Chávez. El caudillo autoritario más emblemático que haya tenido la región en más de medio siglo (descontando, claro, a los dictadores golpistas) está -como se sabe- enfermo de cáncer.  De qué clase de cáncer y en cuál grado, nadie lo sabe, salvo él y sus médicos cubanos. Al contrario de la total transparencia adoptada por Lula  (y antes de él por el paraguayo Fernando Lugo, y antes por la propia Dilma, quien en 2009 sufrió un linfoma), Chávez mantiene el secreto más total sobre su cáncer. El único que informa de su enfermedad es él mismo, con un lenguaje lleno de imprecisiones médicas.

El 16 de octubre un ex médico del mandatario, Salvador Navarrete, se atrevió a dar su interpretación de la enfermedad presidencial y un pronóstico poco optimista. Lo dijo en una entrevista al semanario mexicano Milenio. A las pocas horas el profesional había sido sometido a un interminable interrogatorio por los servicios de inteligencia chavistas. Después debió partir  al exilio en cuestión de horas. El mensaje no pudo ser más claro para la comunidad médica venezolana. La enfermedad de Chávez es tabú de Estado y que nadie hable si no quiere terminar como el doctor Navarrete. Se supone, pese a esta censura de Estado policial, que Chávez padece un cáncer de colon bastante avanzado, o bien un sarcoma de la pelvis de origen muscular y de pésimo pronóstico, si atendemos a lo que dijo el médico ahora exiliado.

En todo caso, el sistema político y de poder venezolano es prácticamente el mismo de una monarquía asboluta del siglo XVII, así que depende enteramente de la suerte de Chávez, la figura todopoderosa que está en su cúspide. Toda Venezuela se juega su destino según cómo siga la salud del caudillo, dato que da una idea cabal de la fenomenal concentración de poder que detenta el coronel venezolano.

En los dos casos, tanto con Lula como con Chávez, el viejo caudillismo latinoamericano está detrás del desmesurado interés que despertó la noticia de su enfermedad. Por supuesto que en el caso de Brasil se está ante una democracia más o menos plena, plagada de vicios pero democracia al fin. En Venezuela, claramente y sin discusión, domina un sistema autoritario, una dictadura plebiscitaria que practica el más crudo populismo.

Pablo Díaz de Brito es analista de CADAL y redactor especial de www.analisislatino.com