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El preocupante coqueteo uruguayo con Irán
29 de julio de 2011
Uruguay ha sido un país de fuerte tradición antifascista y liberal. ¿Por qué ahora este giro pronunciado hacia Venezuela? ¿Por qué este acercamiento con Ahmadineyad? Sería bueno que la Cancillería valore más la tradición democrática, republicana, secular y libertaria de este país en sus relaciones internacionales, antes de seguir tendiendo puentes con los peores regímenes del mundo.
Tomas Linn
 

Poco después de anunciar su renuncia al directorio del Partido Nacional y a ser candidato presidencial (pero no su abandono a una actividad política alternativa desde el Senado), Luis Alberto Lacalle demostró que eso, exactamente es lo que haría. Apuntó su artillería a un tema candente: el de la política exterior y en especial el de la peculiar relación que Uruguay tiene con el régimen dictatorial y ultraderechista religioso de Irán.

Lacalle cuestionó la política exterior uruguaya por tener un “sesgo ideológico”, según informó Búsqueda hace dos semanas. Como ejemplo de ese sesgo habló del reconocimiento uruguayo al Estado de Palestina y analizó el acercamiento a Irán. Explicó que esa “intensa relación”, estaba a su vez motivada por la “intensa relación con Venezuela”. En el Congreso Judío Mundial realizado en Israel, Lacalle dijo que había “una relación Teherán-Caracas perjudicial para América del Sur, en la cual el régimen venezolano abre el ingreso de Irán a la zona”.

Eso es así. Además de una nutrida presencia iraní en Venezuela, estos contactos se extienden a otros países de la región, estén o no dentro de la dañina área de influencia chavista. Brasil también coquetea con los iraníes.

Durante su presidencia, “Lula” da Silva fomentó un amistoso relacionamiento con el presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad. La actual presidenta Dilma Rousseff, pese a representar la continuidad de Lula, no comparte la dura segregación hacia la mujer que hace ese régimen dictatorial, por considerar que viola derechos humanos básicos, y ha atenuado tanto entusiasmo respecto a Irán.

También Uruguay se acercó a Irán más de lo que la prudencia y el sentido común recomiendan. No se trata solo de considerar a Irán como un buen socio comercial, sino que se profundizó una relación alineada con la política ideologizada de Hugo Chávez. Tal vez eso explique el apresuramiento uruguayo por reconocer al Estado palestino. Hace unos meses, una delegación de legisladores visitó Irán. Las diputadas frentistas cubrieron sus cabezas para asistir a las reuniones con jerarcas iraníes. Tanta sumisión pareció contradecir el supuesto discurso “progresista” que dicen tener.

No hay, o no debería haber, afinidad ideológica con Irán. Allí rige una dictadura de extrema derecha religiosa. Su presidente, Mahmud Ahmadineyad, fue elegido en las urnas, pero las opciones estaban entre fundamentalistas moderados y fundamentalistas radicalizados. Ahmadineyad pertenece a este último grupo y como requieren las normas iraníes, su mandato está sometido a la suprema autoridad religiosa, la del Ayatollah de turno. Es que Irán es un régimen teocrático, que impone mediante una policía religiosa el cumplimiento de la ley islámica y el sometimiento de la mujer. Asimismo, alimenta la tesis de terminar con Israel mediante una nueva versión del viejo antisemitismo que marcó a los regímenes nazi y fascista de los años 30 y luego a la persecución soviética de judíos.

No es, por lo tanto, un régimen “progresista”. Pero tampoco lo son muchos de los gobiernos latinoamericanos que dicen serlo: el estilo autoritario y prepotente de varios de ellos, con su desprecio al adversario y a la libertad de prensa, los pone al borde de ser dictaduras.

En ese contexto Irán encontró un fértil terreno para intervenir en América Latina. Los acuerdos firmados con algunos países van más allá de meras formalidades y habilitan una fuerte presencia en el continente. Por eso, la preocupación de Lacalle debería ser ampliamente compartida.

En Bolivia, una reciente visita ministerial de Irán generó revuelo. Un diario de La Paz informó que el régimen de Ahmadineyad respaldaría a Evo Morales en caso de que hubiera un enfrentamiento armado con Chile por causa de su centenaria disputa fronteriza. El planteo no deja de ser desconcertante e irritante. “¿Por qué se mete Irán en un problema que no le concierne? Lo peor es que el ministro iraní de Defensa, Ahmad Vahidi, que ofreció esa insólita ayuda militar cuando se reunió con Morales en La Paz, es buscado por la Policía argentina, acusado de ser el autor intelectual del atentado contra la AMIA en 1994.

Poco después de este peculiar encuentro con jerarcas iraníes a comienzos de junio, la presidenta argentina Cristina Fernández suspendió una reunión con Evo Morales a raíz de las tensiones generadas con el gobierno boliviano tras recibir a Vahidi, a quien Argentina ve como un prófugo de su Justicia. En julio, durante una visita a Buenos Aires, el presidente Morales, se disculpó ante la comunidad judía argentina por su encuentro con Vahidi. Pero el mal ya estaba hecho.

Estos son apenas algunos líos que provoca el acercamiento con Irán. ¿Son tanto más importantes esas relaciones, al punto de pasar por alto que un encuentro así generaría un fuerte choque con Argentina? ¿Es necesaria esta bravuconada iraní, que invita a sortear las vías diplomáticas para resolver una añeja y complicada situación con Chile?

En Venezuela, el tema es más extendido y profundo. Los acuerdos abarcan muchas áreas entre ellas, algunas referidas a lo militar. Se denunció la presencia de iraníes en Venezuela con pasaporte de ese país, pese a que ni siquiera hablan castellano.

Casi como reflejo de la política iraní de arrojar a los israelíes al mar, Venezuela expulsó el embajador israelí de Caracas en enero de 2009 y la embajada debió ser cerrada. A partir de ahí, si bien ya lo había desde antes, el antisemitismo de Hugo Chávez creció y la comunidad judía venezolana la está pasando mal. ¿Recuerda eso a algo? Chávez no necesitaba agregar tanto antisemitismo para mostrarle al mundo su flagrante fascismo. Su histriónica imitación de Mussolini bastaba. Sin embargo dio ese paso impulsado por su acercamiento con Irán.

En ese baile se metió Uruguay con su actual política exterior de mayor acercamiento a Venezuela y de una relación más comprometida con un régimen de las características de Irán. Uruguay ha sido un país de fuerte tradición antifascista y liberal. Si bien fue neutral durante buena parte de la segunda guerra, a diferencia de Argentina (también neutral) la de Uruguay fue una neutralidad pro-aliada. ¿Por qué ahora este giro pronunciado hacia Venezuela? ¿Por qué este acercamiento con Ahmadineyad?

Lacalle puso en evidencia un problema serio que atañe a todo el país. Y sería bueno que la Cancillería valore más la tradición democrática, republicana, secular y libertaria de este país en sus relaciones internacionales, antes de seguir tendiendo puentes con los peores regímenes del mundo.

Tomás Linn es columnista del Semanario Búsqueda.

Fuente: Semanario Búsqueda, Uruguay, jueves 14 de julio 2011.