Artículos
 
El individualismo y sus enemigos
27 de julio de 2011
Un gobierno que se enorgullece de promover la diversidad, el respeto de las minorías, los derechos humanos y el matrimonio homosexual debería celebrar el individualismo. Por eso, sorprende que el director de la Biblioteca Nacional e integrante del grupo Carta Abierta, Horacio González, haya criticado al voto porteño precisamente por su “fuerte grado de individualismo”. Las vanguardias artísticas, la liberación sexual (y femenina) de los 60, el movimiento hippie, el rock (inter)nacional, el movimiento gay, etc, son todos productos del individualismo. Por eso no debe sorprender que hayan sido resistidos no solamente por los colectivismos de izquierda (¿habrá que recordarle a González la mojigatería sexual de los regímenes comunistas?), sino también por los corporativismos y los conservadurismos de toda laya.
Adrián Lucardi
@alucardi1
 

El individualismo se basa en la idea de que cada ser humano, por el sólo hecho de serlo, tiene derecho a una esfera de autonomía en la que es libre para decidir con total libertad de acuerdo con sus gustos, convicciones y/o ideales. En otras palabras, que cada ser humano es un fin y no un medio, que –siempre y cuando respete los derechos de sus semejantes– sólo debe responder por sus actos ante su propia conciencia.

Un gobierno que se enorgullece de promover la diversidad, el respeto de las minorías, los derechos humanos y el matrimonio homosexual debería celebrar el individualismo. Por eso, sorprende que el director de la Biblioteca Nacional e integrante del grupo Carta Abierta, Horacio González, haya criticado al voto porteño precisamente por su “fuerte grado de individualismo”.

Por supuesto, algunas manifestaciones de individualismo caracterizadas por la soberbia, el egoísmo y el mal gusto resultan desagradables. Pero sin el espíritu ni las libertades que permiten esas manifestaciones desagradables tampoco existirían la innovación y el pluralismo que continuamente mejoran nuestra vida social y cultural. Las vanguardias artísticas, la liberación sexual (y femenina) de los 60, el movimiento hippie, el rock (inter)nacional, el movimiento gay, etc, son todos productos del individualismo. Por eso no debe sorprender que hayan sido resistidos no solamente por los colectivismos de izquierda (¿habrá que recordarle a González la mojigatería sexual de los regímenes comunistas?), sino también por los corporativismos y los conservadurismos de toda laya.

¿Será que González pretende volver atrás con todo esto? ¿Que prefiere las sociedades pacatas, cerradas y conservadoras de antaño, donde sólo los fabulosamente ricos o los absolutamente marginados tenían la independencia de expresarse, vestirse y comportarse como se les daba la gana? ¿Donde los padres elegían la carrera de sus hijos y los esposos de sus hijas? ¿Acaso González desprecia en secreto a Fito Paéz, un artista que sólo puede haber surgido en una sociedad individualista?

Uno quiere creer que no, que González no aprecia que defender la diversidad y los derechos humanos desde una perspectiva anti-individualista es una contradicción en los términos (si los derechos humanos no son derechos individuales personalísimos, ¿qué son?). Pero cuando uno ve que el modelo a seguir por los intelectuales partidarios del oficialismo es el militante revolucionario de los 70, o que algunos artistas que apoyan al gobierno no se definen como simples “partidarios” de éste sino como “soldados de la presidenta”, es entendible que surjan las dudas.

Porque el otro gran enemigo del individualismo es el militarismo, sea el de un ejército conservador o el de una organización guerrillera revolucionaria. Se entiende por qué: una organización militar donde cada soldado tiene derecho a elegir cómo vestirse, qué hacer, o qué órdenes obedecer, está condenada al fracaso. Pero una sociedad democrática no es un cuartel. Y no cabe dudas que si el debate se planteara en esos términos, la inmensa mayoría de los argentinos optaría por el individualismo por sobre las barracas.

Adrián Lucardi es Investigador Asociado del Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina (CADAL) y estudiante de doctorado en la Washington University in St. Louis, Estados Unidos.