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La enfermedad de Chávez: un caso de manipulación informativa bajo un régimen autoritario y el contraste con casos similares en dos democracias regionales
14 de julio de 2011
Al comparar este cuadro de opacidad informativa con situaciones muy parecidas, como las de Dilma Rousseff en Brasil y Fernando Lugo en Paraguay, queda clara la abismal distancia de tratamiento informativo de la salud presidencial en una democracia y en un régimen autoritario.
Pablo Díaz de Brito
@pablodb1
 

Hugo Chávez volvió a sorprender, esta vez con su regreso de madrugada a Caracas y su posterior discurso, con boina roja incluida. Pareció improvisado el discurso, o no tanto: por ejemplo, el detalle de la hija, que a la media hora de tronante alocución sale al balcón de Miraflores para decirle al papá que se terminó el tiempo acordado, y él que sigue 10 minutos más y cuenta “ahora me toca yogur”.  Igual, Chávez se debió perder el soñado desfile militar y “popular” del 5 de julio, momento clímax de los dos días de festejos por el Bicentenario de la independencia. Hacia años que planeaba ese momento. ¡Cuánta cita de Bolívar se habrá ahorrado el televidente venezolano!

Pero el 4 de julio Chávez utilizó el balcón para dar algunos detalles más de su peripecia médica. Contó que lo operaron el 20 de junio, que la intervención fue “profunda” (¿?) y que estuvo 4 días en terapia intensiva. Todo ello aderezado con las consabidas figuras retóricas y elipsis, invocaciones a la Virgen, a Jesucristo, a Bolívar e, incluso, “a los espíritus de la sabana”. Sincretista, el coronel. Pero quedó claro, más allá del color y el anecdotario, que Chávez ha decidido fríamente utilizar su enfermedad con fines de construcción política.

Punto clave que tiene que ver con la opacidad informativa, la total falta, aún hoy, de partes médicos oficiales de la Presidencia venezolana y su utilización política por parte de Chávez, que tiene en ascuas con premeditación a toda la nación sobre su verdadero estado de salud. Este apagón informativo se debe, en gran medida, al carácter francamente castrista que ha adoptado el régimen de Chávez. Y a que eligió, para escándalo de los médicos venezolanos, confiarse al sistema médico cubano. Un sistema que, por lo demás y a pesar de las loas que generalmente recibe, parece no escapar al atraso generalizado del país: todo indica que los médicos cubanos fallaron al intervenirlo a Chávez por primera vez, dado que el absceso pélvico es síntoma casi seguro de que hay cáncer de colon, según explicaron los oncólogos en todo el mundo ante la consulta periodística. Sabrido, el cirujano español famoso por sus conocimientos y por su castrismo cerril, habría viajado de urgencia a La Habana para reparar el error cubano con una segunda intervención.

Así que se está ante un jefe de Estado que sufre dos intervenciones quirúrgicas, que ahora previsiblemente se someterá a rayos y quimioterapia. Pero la nación prácticamente no sabe nada, salvo las confusas y parciales informaciones que da el propio paciente-presidente. No existen antecedentes de esto en toda América en la época contemporánea. Salvo, claro está, el caso de Fidel Castro y su misteriosa enfermedad intestinal. Pero dentro del mundo democrático no hay precedentes.

Y hay que reiterarlo: Chávez está haciendo un calculado uso político de su enfermedad, dosificando a gusto la información sobre su mal, gracias a que preside un régimen autoritario en el que por definición sólo circula la información que el poder autoriza.

Comparemos este cuadro de opacidad informativa con las democracias regionales ante situaciones muy parecidas. En abril de 2009 a la precandidata presidencial brasileña Dilma Rousseff se le extirpó un cáncer linfático de una axila. Desde entonces hasta agosto de 2010, cuando, ya candidata en campaña, se la dio por oficialmente curada, todo el proceso médico se conoció con detalle, etapa por etapa. Los médicos, no la paciente, daban la información científica, como corresponde.

Un lego puede comentar la información que le dan sus médicos, pero no puede ser el principal o único vocero de la patología que padece ante la opinión publica. Porque cometerá seguramente errores al informar de una materia delicada y compleja. Así, Chávez en su primer mensaje habló de un “tumor abcesado”, cuando en verdad el término médico preciso es “abscedado”. El tumor es abscedado cuando ha crecido considerablemente en el órgano que afecta. El absceso era el otro, el foco infeccioso que le extirparon primero los cubanos. Luego, cuando desde el balcón de Miraflores dijo que la segunda cirugía había sido “profunda”, ¿qué quiso decir, realmente? Una intervención en la cavidad pélvica, presumiblemente en el colon,  es “profunda” por definición. Chávez pareció querer indicar que la cirugía había sido importante, que la extirpación había sido extensa, lo que coincide con el carácter "abscedado" del tumor. Pero, claramente, se trata sólo de suposiciones, de deducciones a partir de sus imprecisos informes.

También conviene detenerse en el aspecto anacrónico de la comunicación, verbal y visual, provista desde la Isla de la Fantasía durante los 20 y tantos días que estuvo allí internado el líder bolivariano. Esas reiteradas fotos y videos con Fidel, luego con sus hijas. El detalle, que ya apuntamos, de la lectura en voz alta de la fecha del diario que le pasan, para probar que es una grabación del día y no de vaya a saber cuándo. A este anacronismo, tan caro al régimen fidelista, Chávez le agrega su propio condimento. Su absurdo e increíble relato de que es el propio Fidel quien detecta el mal del visitante, la agobiante envoltura retórica de su mensaje desde La Habana, con Bolívar y todos los santos del Cielo haciendo una coreografía delirante.

Nada de todo eso es pertinente en un caso como el que nos ocupa, el de la enfermedad de un presidente en funciones. Volvamos otra vez a Dilma Rousseff para hacer el contraste: “Estoy muy bien, gracias”, se limitó a decir Dilma ante la prensa luego de la última serie de análisis, en agosto de 2010. Previamente, los médicos de San Pablo que la trataron habían dado un detallado comunicado sobre el cuadro que presentaba la paciente. Toda la información médica estuvo siempre disponible para los ciudadanos. Así que cuando llegó el momento de votar el 3 de octubre de 2010 en la primera vuelta, sabían que si votaban a Rousseff estaban optando por una persona que estaba sana, que se había recuperado totalmente de su cáncer linfático. Y esto lo sabían por la fiable y amplia información médica que habían recibido y no porque Dilma hubiese hablado de una cirugía “profunda”, o se hubiera mostrado leyendo animadamente el Folha do Sao Paulo  junto a Lula, o algo igualmente bizarro.

Queda clara la abismal distancia de tratamiento informativo de la salud presidencial en una democracia y en un régimen autoritario. Veamos otro caso, también de un presidente de izquierda democrática como Dilma, el del paraguayo Fernando Lugo. A inicios de agosto de 2010, el mandatario paraguayo debió someterse a una cirugía en una ingle. Se le extrajo un ganglio, y de su estudio resultó que padecía, también él, de un cáncer linfático o linfoma. Su cuerpo médico informó con detalle a la población, y Lugo comenzó una serie de viajes a San Pablo para tratarse con quimioterapia, y también desde allí se informó sobre el progreso de su salud. El médico presidencial había admitido incluso que el linfoma de Lugo estaba en fase avanzada y era “no operable”, pero que la gravedad del caso dependía del tipo de malignidad que presentaran los tejidos. Agregó que se habían enviado muestras de tejido a Estados Unidos para tener un diagnóstico totalmente preciso. Lugo viajó desde entonces varias veces a Brasil, para someterse a sesiones de quimioterapia que rápida y dramáticamente dañaron su cuerpo y cambiaron su fisonomía. El conocido hombre alto, de barba recortada y mechón canoso pasó en pocos meses a verse totalmente calvo, con el rostro inflamado y gesto agobiado. Todo el drama ocurrió bajo la mirada pública, lógicamente con el debido respeto por la intimidad de la persona. Pero la información médica fue fluida y completa. La oposición, igualmente, reclamó que resignara el mando en su Vice, el liberal Ariel Oviedo, con el que está distanciado. Más allá de si Lugo debió o no entregar el mando de manera transitoria -asunto que corresponde claramente a otro debate- no se puede negar la ejemplar transparencia con que en Paraguay se trató la enfermedad presidencial.

De nuevo y como en Brasil, hubiera sido inconcebible un tratamiento opaco, soviético, del mal que había atacado al mandatario. En buena medida porque un sistema de medios de comunicación independientes y críticos del gobierno actuaron en ambos casos como barrera preventiva ante cualquier posible tentación secretista que hubiese anidado en los gobiernos respectivos. Sabían que intentar un ocultamiento era imposible y que el escándalo hubiera sido mayúsculo cuando esa maniobra saliera, inevitablemente, a la luz pública. Nada más opuesto entonces  que el caso actual de Hugo Chávez con sus confesiones televisivas médicamente imprecisas y adornadas de insoportables invocaciones místicas y patrioteras.

Una vez más, y como ha hecho en todos los terrenos, Chávez ha llevado a su país a los años 40 o 50, cuando las enfermedades de los que mandaban eran un tabú, incluso en sociedades avanzadas.

El sentido político de este tratamiento informativo de la propia enfermedad es claro: Chávez y su corte de adulones dosificarán la información según la conveniencia político-electoral del Caudillo, y no según las legítimas prerrogativas a la información de la ciudadanía. Según cómo evolucione el cáncer (presuntamente, de colon), el hombre fuerte de Venezuela jugará diferentes cartas. En caso de que las cosas vayan bien, será la carta de la “recuperación total”: “Aquí estoy, nuevamente de pie y al servicio de la revolución, pueblo mío. Algunos me daban por muerto, y aquí me ven, tendrán que esperar, ¡tendrá que esperar el imperio!”. Si esto no es posible porque la enfermedad ha avanzado, jugará el rol del patriarca enfermo que hace un esfuerzo sobrehumano por su amado pueblo: “Estoy al pie del cañón de la revolución, pueblo mío, ¡pueblo amado!”, podría decir un Chávez claramente enfermo pero todavía al mando a semanas de las presidenciales de 2012. “¡No me votan a mí, votan a la revolución, que no muere ni morirá conmigo!”, etc.

Un interesante marketing electoral, que, eso sí, deberá ser acompañado por un muy creíble Vice sucesor. De apellido Chávez, casi sin margen de dudas. Hay tiempo para construir la imagen de otro Chávez: a Dilma, recordemos, Lula la sacó de la galera y de a poco le fue transfiriendo sus votos. Chávez podría hacer algo similar con su hermano Adán, aunque sólo si puede “llegar”, si puede ir él al frente del ticket electoral. Presentaría a su hermano como su Vice y potencial, eventual sucesor, nunca como su sucesor efectivo e inmediato. Porque el poder del Caudillo, es por definición único. Y esa sucesión, de producirse, seguramente sería caótica, degeneraría en una lucha sin cuartel dentro del heterogéneo chavismo.

Jerarcas militares irían contra el PSUV, los reservistas contra dirigentes políticos medios, sindicalistas  harían huelgas “para proteger a la revolución” cuando en realidad estarían buscando una mayor porción de poder. El fantasma de este caos jugaría a favor de la oposición. De ahí que Adán haya advertido muy tempranamente que la vía armada en 2012 no se descarta de ningún modo. En este segundo caso, será clave que Chávez, si bien indiscutiblemente enfermo, llegue lo suficientemente bien como para “garantizar” un par de años de sobrevida, en los que seguirá nominalmente al frente. Entre esta hipótesis y la primera, del Chávez totalmente recuperado existe todo un abanico de situaciones intermedias. Habrá que seguir esperando los mensajes de Chávez y descifrando sus confusas informaciones. Las consultas a los oncólogos se volverán rutinarias en las redacciones latinoamericanas en los meses por venir.         

Pablo Díaz de Brito es analista de CADAL y redactor especial de www.analisislatino.com