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El rumbo que está tomando la crisis en Venezuela: el papel del TIAR y la ONU
30 de septiembre de 2019
La reciente reafirmación del TIAR despertó viejos encuentros, y en un contexto globalizado como el de hoy adquiere una resignificación de su propósito. La concepción que se tiene de la situación venezolana desde el plano externo permite entender cómo se ha abordado la crisis.
Victoria Ariagno
@victoriaariagno
 
Migrantes venezolanos

Aún a pesar de ser el segundo país con más personas desplazadas a nivel mundial, después de Siria, la atención y financiamiento internacionales que le fueron dedicados a Venezuela han sido solo una fracción comparada con la prestada hacia otros conflictos. Las Naciones Unidas define la corriente que sale de Venezuela como un "flujo mixto", de migrantes y solicitantes de asilo, es decir, que no todos fueron movilizados por las mismas razones de trasfondo. Por lo que la obligación internacional de prestar asilo rige en tanto se hable de refugiado y no de migrante.

El flujo mixto venezolano se entiende no sólo como fruto de la emergencia nacional actual, sino que desde hace ya más de una década la calidad de vida en Venezuela se venía viendo deteriorada producto de sus dirigentes populistas, quienes distorsionan la realidad y hacen la vista gorda ante problemas de raíz como la pobreza estructural y la inestabilidad económica que sucumbe a su nación. Hoy por hoy, el sistema de salud colapsado, la insuficiencia alimentaria, además de la persecución, la represión, las detenciones arbitrarias y las ejecuciones extrajudiciales -especialmente en zonas de bajos recursos- por parte de cuerpos de seguridad del Estado y grupos civiles armados que obedecen las órdenes del régimen de Maduro, crean un clima de amenaza que hace peligrar la vida de las personas, obligando a un gran número de venezolanos a buscar refugio seguro fronteras afuera.

Afortunadamente, países como Colombia, Argentina, Ecuador, Perú y Chile han facilitado el acceso al territorio y han brindado acuerdos de estadía legal. Sin embargo, este influjo hace saltar a la luz la escasez de infraestructura, sistemas y recursos necesarios en cada país receptor para albergar un número tan grande de personas. Más aún, otro factor que explica cómo se ha sobrellevado la problemática es que ha sido vista como un problema meramente regional y no global.

Fue enfática la declaración del gobierno colombiano en la reunión de presidentes de América Latina en el marco de la cumbre anual de la Asamblea General de la ONU, en la cual Iván Duque afirmó que su país limítrofe es una amenaza para la soberanía y seguridad nacional de Colombia. Maduro sirve a los carteles de la droga y da refugio a grupos criminales colombianos como las disidencias de las FARC y el ELN; es por eso que exige aplicar la RES 1373-2001 del Consejo de Seguridad ONU respecto a Estados que alojen, protejan, financien o permitan circulación en su territorio de grupos que cometan o planean cometer actos terroristas en Colombia: “Esto no se trata de un asunto bilateral, sino de una amenaza continental que requiere de una acción coordinada”, afirmó el presidente. En este sentido la activación del TIAR es una manera en que Colombia busca blindarse ante una eventual intervención armada por parte de Venezuela. Similares fueron las razones que llevaron a Guaidó a invocar al TIAR, quien aspira a que tal instrumento sirva para vigorizar la presión hacia el régimen dictatorial.

El Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, es un acuerdo de defensa común entre las Repúblicas americanas que permite a los firmantes interrumpir relaciones económicas y políticas, y comunicaciones (aéreas, ferroviarias, etc) con un Estado agresor. Incluso contempla el empleo de la fuerza armada. Una de las modalidades adoptadas de sanción fue el congelamiento de activos venezolanos en los territorios de los Estados partes del tratado. El pasado 11 de septiembre, en el marco de una reunión de la OEA, se resolvió con 12 votos a favor (entre los que se encuentra Argentina), 5 abstenciones y 1 ausente (Bahamas), acudir al tratado con vistas a ejercitar el derecho de legítima defensa -individual o colectiva- que reconoce el Art.51 de la Carta de las Naciones Unidas al considerar la situación en Venezuela una “clara amenaza a la paz y la seguridad en el Hemisferio”. 

Por su parte, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en su objetivo de “ser el primer hemisferio completamente libre en toda la historia”, anunció, de la mano de Mike Pompeo (Secretario de Estado de los EE. UU.), un nuevo paquete de ayuda a la crisis, que consiste en dinero y medicina hacia el pueblo venezolano y hacia países receptores de desplazados, especialmente con vistas a facilitar la provisión de agua potable, comida y apoyo legal para ellos. Entre otros asistentes a la reunión estaban los presidentes de Chile, Guatemala y Ecuador.

Mientras tanto, Maduro se reunió con Putin en Rusia, quien lo instó a impulsar su diálogo con la oposición legítima de Venezuela. Además, se acordó el suministro de ayuda humanitaria en la forma de vacunas y mantenimiento de equipos militares.

En cierto sentido, así como una violencia viral activa el sistema inmunológico del cuerpo humano, la garantía de su funcionamiento se da también con el uso de herramientas externas producto de años de investigaciones y recursos humanos: las vacunas. Por eso es que, valga el paralelismo, la violencia que se da en Venezuela parece ser una especie de “enfermedad” que infecta no solo a su núcleo de origen sino a todo su radio circundante. Las reacciones de los estados vecinos ante la situación venezolana fueron esencialmente “respuestas reflejo”, algo así como activaciones automáticas de su “sistema inmunológico”: la facilitación de permisos jurídicos para residir en el país de destino, la provisión de elementos de necesidad básica para la vida como comida y medicamentos, fueron algunas de las acciones. Cabe resaltar, sin menospreciar el apoyo, que muchas propuestas de organismos latinoamericanos han quedado en la nada, ya que tanto la CELAC, UNASUR o el reciente PROSUR tienden a centrarse en argumentos ideológicos más que técnicos, lo cual supone un limitante profundo para la formación de consensos y búsqueda coordinada de soluciones.

Lo que se necesita en esta nueva fase de la crisis es una solución extra regional -algo así como una “vacuna”, un agente externo al cuerpo infectado- de parte de la comunidad internacional en conjunto, especialmente haciendo un llamado a Europa y su particular distanciamiento. A esta altura, ya se han discutido multilateralmente las mil y una dimensiones del caso. La reciente activación del TIAR supone un estadio superior en el análisis de alternativas para una salida a la crisis. Si bien no se lo activó para apelar al inmediato uso de la fuerza armada contra un enemigo que se robustece militarmente (con armas vendidas por sus socios rusos) para hacerle frente, la opción latente despierta incomodidad en varios Estados -como fue para Uruguay, que se retiró del acuerdo el pasado 23 de septiembre- por considerar que viola el Principio de la solución pacífica de las controversias y la no intervención en asuntos internos de otros países, y por considerarlo “obsoleto” desde que falló en activarse en 1982 para la Guerra de Malvinas puesto que entonces Estados Unidos priorizó su relación con los miembros de la OTAN (entre ellos el Reino Unido) por sobre los integrantes del tratado interamericano. Sin embargo, quienes defienden el TIAR entienden que, por lo pronto, ese no es el objetivo en esta ocasión: significó un ultimátum por parte de un grupo frustrado que necesita refuerzos políticos para hacer presión, y logró despertar una respuesta alerta y curiosa de parte de la comunidad internacional extra continental. ¿Será entonces que la activación del TIAR, más que enviar un mensaje a Maduro, buscó, en cambio, avivar el interés del resto del mundo para que contribuyan al desmembramiento de tal dictadura poniendo mayor foco y recursos sobre la mesa?

El abordaje de la mencionada crisis no cambiará mientras no se modifique la etiqueta de “flujo mixto” que se le dio. Se hace así necesario actualizar los motivos que impulsan a las personas a abandonar su país en masa, así como también es vital la acción mundial -no meramente regional- inmediata para frenar el desplome de una situación que se agrava exponencialmente día tras día.