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Un silencio significativo
5 de julio de 2017
(La Capital) Si algo hemos aprendido los argentinos a lo largo de la desgarrada segunda mitad del siglo XX, es la importancia de la solidaridad internacional, que en el corazón de los tiempos más oscuros, logró, alzando su voz, que el dolor y lo injusto no se expandieran aún más en torno nuestro. Alzar la voz en protesta por la muerte de los estudiantes que en estos días mueren en las calles de Caracas debiera ser algo natural.
Por Rubén Chababo

(La Capital) Hace unos días atrás, en esa plataforma tan volátil y a la vez tan eficaz para difundir ideas y opiniones como es Facebook, un docente de nuestra Universidad se atrevió a preguntarse por el silencio de sus alumnos de Comunicación Social frente a la violenta represión de la que es víctima la comunidad estudiantil venezolana. Su pregunta, como era de esperar, quedó titilando en la pantalla sin que hubiera demasiadas respuestas, salvo la de un puñado de colegas que celebró la valentía y la osadía de ese señalamiento.

Esa intervención es, si se quiere, una de las pocas que desde el campo universitario se han alzado para preguntarse por la dimensión de lo que ocurre en estos días y por extensión por el estridente silencio de amplios sectores del progresismo frente a la violencia desplegada por el Estado venezolano. ¿Qué es aquello que ha hecho posible que la comunidad educativa, tan comprometida en la defensa de los Derechos Humanos, haya decidido mantener un silencio tan sostenido y significativo frente a lo que es, de manera evidente, un abuso con consecuencias criminales en la utilización de la fuerza en clave represiva?

Alzar la voz en protesta por la muerte de los estudiantes que en estos días mueren en las calles de Caracas debiera ser algo natural: un estudiante muerto por la represión policial o militar es eso, un estudiante muerto por la represión policial o militar. Nuestro movimiento estudiantil, desde los años mismos de la Reforma Universitaria supo demostrar su fuerza y su poderosa rebeldía en tantos momentos en los que en Argentina y en el resto de América latina nuestras comunidades se vieron amenazadas por la fuerza represiva del Estado; sin embargo, esta vez, el silencio es el que ha ganado la partida, como si estas muertes pudieran justificarse, como si denunciar la suerte de esos caídos implicara, como suele decirse tantas veces, "hacerle el juego a la derecha".

Sin embargo, esos jóvenes, en su gran mayoría, y así lo podemos comprobar entrando a sus blogs, escuchando lo que dicen en sus apariciones públicas, lejos están de reivindicar ningún proyecto de corte reaccionario; sus discursos, sus consignas, sus proclamas, poco tienen que ver con esa matriz. Además, muchos de esos estudiantes que desde hace meses se agolpan detrás de las barricadas son hijos de la revolución bolivariana y muchos de ellos también o sus padres, acompañaron con pasión el proceso de innegable empoderamiento y democratización social que se inició hace ya más de una década y frente al cual hoy se sienten decepcionados.

Pero incluso, si no se coincidiera con sus ideas, si sus argumentaciones políticas fueran opuestas a las que uno defiende, ¿justificaría esto la perduración del silencio frente a la evidencia del atropello que padecen? La denuncia por abuso de poder no puede nunca quedar supeditada a la ideología de quien descarga la violencia o a la identidad de las víctimas que la reciben. Toda violencia de Estado es condenable, toda arrogancia del poder cuando se despliega sobre los más débiles es repudiable, se manifieste del modo que se manifieste. Y la solidaridad con las víctimas, nunca, jamás, puede ser puesta entre paréntesis supeditada a una mayor o menor identificación con la ideología que ellas sostienen. O en otras palabras, como lo enseñó Germain Tillion en su denuncia de las acciones homicidas en clave colonial desplegadas por sus propios connacionales en el Magreb en los lejanos años sesenta: "El reclamo de justicia frente a un hecho de violencia arbitraria debiera ser, siempre, mucho más importante y estar por encima de cualquier interés político. Y el supremo interés político no puede acallar nunca un justo reclamo de justicia".

Los Derechos Humanos son el patrimonio y el legado más virtuoso que la Humanidad ha logrado atesorar a lo largo de los siglos, tanto o mucho más que las obras de arte creadas desde el paleolítico hasta el presente, tanto o más que las conquistas alcanzadas en el campo de las ciencias en todas sus vertientes. Los Derechos Humanos son el reaseguro primero y último que tenemos todos los hombres y mujeres de este planeta, un corpus ético que nos garantiza, no solo el derecho a nacer, vivir y morir dignamente, sino a sentirnos protegidos por la mirada de quienes al advertir que podemos estar en peligro, velan por nuestra integridad, desplegando, a través de la denuncia pública, el inmediato cuidado de nuestra vida o nuestra libertad amenazada.

Si algo hemos aprendido los argentinos a lo largo de la desgarrada segunda mitad del siglo XX, es la importancia de la solidaridad internacional, que en el corazón de los tiempos más oscuros, logró, alzando su voz, que el dolor y lo injusto no se expandieran aún más en torno nuestro.

Acaso por fidelidad a esa memoria de nuestra historia reciente, cargada de muertos y humillados por las violencias de nuestro Estado, sea hora de que los sectores estudiantiles y académicos quiebren esta anuencia con lo injusto antes de que las generaciones futuras desplieguen su interpelación y no haya más respuesta para justificar este silencio que la comodidad, la indiferencia o el temor a la excomunión por no habernos atrevido a contradecir "la corrección política" del llamado progresismo nacional.

Rubén Chababo es Secretario de Derechos Humanos de la Universidad Nacional de Rosario.

Fuente: La Capital (Rosario, Argentina)

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