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Asesinato a sangre fría
26 de febrero de 2010
Sé los detalles de esas crueldades que ocurren a diario en las cárceles cubanas. Fui uno de sus huéspedes durante casi dos años. Por eso Orlando Zapata Tamayo tiene y tendrá un lugar especial en mis recuerdos. Fue un rebelde puro, un hombre determinado a gastar todo su capital ético y moral en la lucha por los derechos humanos.
Por Jorge Olivera Castillo

El hambre y la sed mataron a un hombre. Fue una acción que hizo germinar, con alarmante rapidez, las semillas del espanto.

Entre esos follajes tupidos y marchitos se podía ver, con los ojos de la imaginación, el desastre personal de un ser humano que moría a plazos, disecándose por dentro, con los labios rotos por la deshidratación y la mente nublada por la falta de nutrientes.

En la superficie de mis turbaciones, aún bate el aire de la leve expiración que indicaba el fin de la vida de Orlando Zapata Tamayo a causa de la huelga de hambre que había comenzado el 3 de diciembre de 2009.

Murió en la tarde del 23 de febrero de 2010, demacrado e inconsciente pero con la dignidad dibujada en el rostro como suele suceder con quiénes nunca toman el camino de la cobardía, ni los atajos de la pusilanimidad ante los odios afilados con que el poder absoluto cercena la psiquis y el cuerpo de sus oponentes.

Zapata Tamayo eligió la ruta del martirologio porque era la única senda que veía entre, las brutales golpizas y otros maltratos perpetrados tras los muros de las cárceles por donde tuvo que pasar tras ser arrestado el 20 de marzo de 2003.

Fue un rebelde puro, un hombre determinado a gastar todo su capital ético y moral en la lucha por los derechos humanos.

Prefirió la muerte antes que la humillación y el abuso institucionalizado que persigue la rendición total de los adversarios.

Estremece pensar que alguien haya permanecido 82 días sin ingerir alimentos ni agua en respuesta a un drama que dio comenzó con un juicio espurio por medio del cual se trató de legitimar una condena, que en el caso de Zapata Tamayo adquirió matices delirantes.

De una relativamente pequeña sanción a 36 meses de privación de libertad, esta escaló hasta los 36 años.

Renegar del régimen a viva voz, denunciar los sistemáticos atropellos ante la jefatura de las prisiones, condenar la falta de libertades en Cuba y pedir mejores condiciones carcelarias, fueron algunos de los temas esgrimidos por Zapata en los casi 7 años que permaneció tras las rejas.

En el fatigado cuerpo del ex prisionero de conciencia, no solo se reflejaban las huellas del extenso período de inanición. A la tumba se fue con las marcas de los garrotazos y patadas que le propinaban regularmente sus verdugos entre risotadas e infamantes calificativos. 

Este capítulo de una larga secuencia de arbitrariedades y hechos violentos del estado contra ciudadanos que exigen el disfrute de los derechos fundamentales, sin condicionamientos, no debería pasar inadvertido para la comunidad internacional.

El asunto merece la condena del mundo. De lo contrario se estaría estimulando una conducta rayana en la barbarie.

Sé los detalles de esas crueldades que ocurren a diario en las cárceles cubanas. Fui uno de sus huéspedes durante casi dos años. Por eso Orlando Zapata Tamayo tiene y tendrá un lugar especial en mis recuerdos.

Para Reina Luisa Tamayo, la mujer que lo trajo al mundo, mis más profundas condolencias y el abrazo de un cubano que intenta salir del torbellino de pesadumbres provocado por el fatídico acontecimiento.

 

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