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A 20 años de la caída del Muro de Berlín: La nostalgia totalitaria en América Latina
16 de noviembre de 2009
Ante un episodio histórico que sólo puede ser evaluado como un gran avance democrático, se ha preferido negar su aspecto central y replantear frente a la debacle del socialismo real una instancia “superadora” del sistema que lo sucedió. Es que revolución hay una sola, emancipación hay una sola, y van en sentido contrario a la gesta de Berlín, aunque generen monstruos y Gulags repetidamente.
Por Pablo Díaz de Brito
@pablodb1

Los 20 años de la caída del Muro encontraron a la Argentina y la región padeciendo un auge de regímenes populistas autoritarios, antiliberales y retrógrados, hasta con Hugo Chávez arengando a sus milicias para ir a la guerra contra el imperio. Por esto la conmemoración tuvo aquí una carga ambigua.

Los 20 años del Muro sorprendieron a la sociedad latinoamericana, no ocupada en consolidarse hacia el pleno desarrollo, sino, al contrario, revisando neuróticamente entre los trastos de su pasado para justificar su evidente fracaso en lograr ese objetivo. Así, en las coberturas de los medios y los análisis publicados por estos días fue posible encontrarse con la reivindicación, no tanto del socialismo real -que con sus genocidios, sus KGB y sus Gulags resulta imposible defender, aunque ganas no falten -sino de sus “principios”, de sus presuntos valores, en fin: de su necesidad histórica, que estaría aún vigente. De esta forma se ha comportado buena parte de la intelighentsia académica argentina.

Con alguna que otra palabra de condena para el totalitarismo soviético “pour la gallerie”, pero evitando decir con todas las letras que 1989 es un hecho histórico incontestablemente libertador y democratizador. Se ha preferido teorizar el renacer del “imaginario emancipador”, entendido restrictivamente como las “alternativas al capitalismo” y nada más que eso. Se saluda tibiamente el 89, pero acto seguido se lamenta “la cancelación de los grandes relatos que construyeron el anhelo de crear un modelo alternativo a la voracidad homicida del capitalismo” (Rubén Chababo, Museo de la Memoria).

Capitalismo que es visto como “un virus en mutación”, es decir, como una patología peligrosa, que construye un mundo ininteligible para los valores comunitarios, no capitalistas, lo que no deja otra alternativa que confiar en un igualmente congénito “impulso insurreccional emancipatorio, heredero de las viejas revoluciones” (Alejandro Kaufman, Comunicación UBA).

De esta forma, ante un episodio histórico que sólo puede ser evaluado como un gran avance democrático, se ha preferido negar este, su aspecto central, y replantear frente a la debacle del socialismo real una instancia "superadora" del sistema que lo sucedió. Lo que impone una hipótesis verdaderamente singular: a sólo 20 años de su triunfo, ¡el capitalismo y la democracia liberal deberían ser reemplazados por aquel sistema que destituyeron! Porque se viviría hoy una nueva etapa, que, bien vista, sería en verdad muy vieja.

Por ello se llega abiertamente al extremo obsceno de plantear la reivindicación de los ideales del comunismo soviético, de sus experiencias, “de las organizaciones del socialismo real y de las democracias populares”, que en todo caso sólo deben “mejorarse” respecto a sus “desviaciones”(Jorge Testero, Centro Cultural de la Cooperación). Lo de “democracias populares” se refiere, y no es broma, a las dictaduras totalitarias de tipo soviético, como la RDA.

Mediante este descomunal disparate “retro” se procura rechazar el evidente triunfo global del tándem economía de mercado-democracia liberal para intentar dejar atrás -por segunda vez en menos de un siglo, en realidad en ¡20 años!-  a esa “voracidad homicida del capitalismo”. Se cae en el evidente absurdo antihistórico de querer revivir un sistema muerto, de reproponer contra toda evidencia una confrontación histórica que está cerrada, saldada.

Esta retórica ha desechado además al reformismo socialdemócrata, que valora los hechos de 1989 como la derrota del totalitarismo y una instancia de libertad para los pueblos antes sometidos al comunismo, pero sin renunciar a marcar, siempre desde esa perspectiva socialdemócrata, los abusos del mercado y sus inequidades. Pero en estos años la izquierda socialdemócrata ha perdido casi todas sus posiciones en la región, en paralelo con el crecimiento del autoritarismo populista. Este lamentable retroceso se ha dado tanto en el nivel gubernamental y político como en el de la enseñanza superior. Vale recordar en la ciudad de Buenos Aires, la experiencia del Club de Cultura Socialista en los 80. El Club cerró en pleno 2008, y poco después fue reabierto, pero bajo la impronta de los socialistas K y Carta Abierta.

Se le niega, entonces, al 1989 todo carácter revolucionario, democrático y emancipador. Es que revolución hay una sola, emancipación hay una sola, y van en sentido contrario a la gesta de Berlín, aunque generen monstruos y Gulags repetidamente, vaya a saberse por qué (es este un verdadero punto ciego del anticapitalismo: se llega, como mucho, a lamentar las aberraciones dictatoriales del socialismo real, pero no se pasa nunca seriamente a estudiar sus causas).

Afortunadamente para los verdaderos demócratas, este curioso fenómeno de anticapitalismo recidivante debe tomarse mucho más como un síntoma de un sector minoritario que como alternativa política seria. En todo caso, y en el limitado marco latinoamericano, puede dar como mucho un Chávez, un Evo, nunca otro Stalin, dado que no existe como alternativa en los países y regiones del mundo que marcan la tendencia de la época. En Europa, por ejemplo, este anticapitalismo duro se presenta en sectores anquilosados y marginales, como los ancianos nostálgicos de la RDA, los jóvenes anarquistas okupas y black bloc, etc. Sin embargo, es evidente que en América latina esta ideología retrógrada aparece con mayor protagonismo a partir de los años 2000, tanto en el campo político, con el auge de los autoritarismos populistas, como en el de la opinión académica.

Al menos en Argentina, el fenómeno anticapitalista se explica en buena parte como una mala sublimación de la frustración experimentada por las clases medias postergadas, que vieron cómo sufrían en estas últimas décadas una movilidad social descendente. Y que canalizan en este anticapitalismo primario su resentimiento social contra un “sistema” que sienten los ha traicionado. La crisis de las clases medias, fenómeno que en Argentina alcanza características extremas por el gran retroceso relativo que experimentó el país en los últimos decenios, es entonces el caldo donde se cocina este neurótico revival anticapitalista sin destino.

Sin destino porque, como se dijo, el anticapitalismo no tiene fuerza alguna en las regiones que hoy protagonizan la globalización, ocupadas como están en aplicar el capitalismo y no en combatirlo. Además de Europa y Estados Unidos, es el caso de gran parte de Asia (China e India, ante todo, pero también Taiwán, Corea, Tailandia, Singapur, Indonesia, Filipinas, Malasia, Vietnam, etc.) donde surgen como hongos las canchas de golf y los campus universitarios privados.

América latina, con sus Chávez y sus Evos, con sus intelectuales liliputienses, ha elegido en cambio quedarse mayoritariamente al margen de esta corriente principal de la historia, lamiéndose sus heridas, recientes y antiguas, reales e imaginarias. Y en el nuevo mapa económico que ha conformado la globalización, surgida de aquel histórico 1989, América latina está claramente en segundo plano, en su rol de proveedora de forrajes y otras commodities a los grandes protagonistas de la época.

Los países asiáticos atrasados, casi todos los africanos y casi toda América latina forman el contrapeso o contracara de las regiones más dinámicas y avanzadas. Como el integrismo islámico dominante en las regiones premodernas de Asia, los regímenes populistas antimercado que se dan en América latina pueden ser un problema serio, un inconveniente considerable, pero nunca una alternativa superadora al modelo claramente ganador del capitalismo globalizado, de las democracias de mercado. De nuevo, este fenómeno puede producir como mucho un Chávez, nunca un nuevo Mao o un nuevo Stalin.

Los 20 años de la caída del Muro sirven entonces para corroborar el triunfo de la democracia liberal y del mercado, mucho antes que para celebrar el temible retorno de los “grandes relatos” que dieron lugar a los peores totalitarismos y genocidios del siglo XX.

 

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