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Cuba y el muro de Berlín
2 de noviembre de 2009
Desde 1989 los cubanos han tenido la oportunidad de participar, de forma limitada, de los efectos benéficos de la desaparición del Pacto de Varsovia y el dominio de la URSS. Algunos de esos efectos pueden ser descritos de forma detallada.
Por Elías Amor Bravo

El derrumbe del muro de Berlín hace 20 años es un acontecimiento muy importante para todos los cubanos. Aquellos que tuvimos la oportunidad de seguir de cerca los acontecimientos producidos en la ciudad europea empezamos a soñar con un futuro mejor para Cuba, justo cuando se cumplían los primeros 30 años del régimen castrista. Pensábamos que el muro que separaba a todos los cubanos también iba a precipitar su derrumbe, como consecuencia del aislamiento internacional, la escasez de argumentos políticos y la propia inutilidad del sistema. Los propios berlineses del este, tan pronto se percataban de que estaban hablando con cubanos, nos decían, “ahora es vuestro turno”.

Compartíamos su optimismo y éramos felices al observar cómo las familias se unían en un abrazo fraternal, que décadas de aislamiento comunista habían impedido. Es cierto que aquella esperanza no se fraguó entonces, pero desde 1989 los cubanos han tenido la oportunidad de participar, de forma limitada, de los efectos benéficos de la desaparición del Pacto de Varsovia y el dominio de la URSS. Algunos de esos efectos pueden ser descritos de forma detallada.

Acentuó la sensación de soledad del régimen. La ideología imperante perdió el referente en la extinta URSS. El régimen comunista cubano tuvo que improvisar, por primera vez en su existencia, argumentos y mensajes con un contenido diferente, acumulando en muy poco tiempo un gran número de anomalías y contradicciones que hacían presagiar incertidumbre en la dirección política, y ausencia de expectativas. La búsqueda de referentes internacionales en los antiguos partidos comunistas europeos fue un fracaso, ya que muchas de estas organizaciones se encontraban con el mismo tipo de problemas, tratando de definir nuevos espacios electorales.

Amplios sectores de la sociedad cubana, educados en la idea de que eran los otros los equivocados, porque no podían disfrutar de los efectos benéficos del paraíso terrenal construido por Fidel Castro en Cuba, descubrieron que el paisaje del este de Europa dejaba mucho que desear, y aunque históricamente los lazos con estos países habían sido firmes, la base ideológica de las relaciones se resquebrajaba y con ella, el modelo económico.

Obligó a impulsar decisiones nunca deseadas por la dirigencia. El período especial trajo consigo una serie de cambios impuestos por la escasez y la ausencia de recursos que hasta entonces llegaban a la Isla procedente de la URSS y el bloque del Pacto de Varsovia a cambio del apoyo político e ideológico.

Las primeras medidas fueron desesperadas, en un intento de obtener fondos para compensar la desaparición de las ayudas soviéticas. La libre circulación de la moneda del enemigo del norte, la autorización a la actividad privada bajo riguroso control, la entrada de la inversión extranjera, la llegada de turistas y de las familias residentes en el exterior.

Sin embargo, tan pronto como mejoraban las condiciones, el régimen daba marcha atrás y volvía al centralismo económico. Es cierto que la experiencia deja mucho que desear, pero los cambios permitieron a muchos cubanos descubrir que sus posibilidades de mejora en la vida, en contra de lo que les habían adoctrinado desde niños, se encontraban directamente relacionadas con el trabajo productivo, el esfuerzo y hacer bien las cosas.

Movilizó acciones en los grupos del exilio. Se produjo un acercamiento de las familias políticas democristianas, liberales, socialdemócratas radicadas en el exterior, y con escasos contactos formales e informales, para establecer planes concretos destinados a impulsar una transición inminente a la democracia en la Isla. Hasta entonces, este tipo de operaciones había resultado imposible, por la combinación de los efectos adversos del espionaje cubano en el exterior y su capacidad para alertar sobre cualquier actuación de estas características y proceder a su sabotaje, aprovechando las relaciones con organizaciones políticas en los distintos países. El derrumbe del muro de Berlín dejó a muchos de estos pequeños grupos aislados socialmente y sin capacidad de movilización.

Impulsó la acción de las organizaciones disidentes y opositoras en la Isla. Con el desarrollo de los grupos de defensa de derechos humanos y religiosos, autorizados a realizar sus funciones bajo un estricto control, pero con un despliegue posterior sin precedentes que llevó al régimen a realizar acciones opresoras para mantener el nivel de intimidación sobre la sociedad. La entrada en la Isla de cámaras de fotos, de medios de comunicación, de representantes políticos de numerosos países llevó al régimen a jugar al aislamiento y marginación a los grupos que luchan por abrir espacios a la democracia en la Isla.

El fracaso de la “batalla de las ideas” y las consignas revolucionarias durante el último período de mandato de Fidel Castro, han sido un ejemplo más de la desafección con el régimen de sectores cada vez más amplios de la sociedad cubana.

Elías Amor Bravo es Economista de la Unión Liberal Cubana.

 

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