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China blanquea su imagen
24 de octubre de 2017
(El País/España) A la imagen normalizada de China contribuyen tanto el desconocimiento profundo que existe en América Latina y otras regiones sobre China y su régimen, como el señuelo de las oportunidades económicas que Pekín brinda y que otros no pueden ofrecer. Pocos aciertan a ver lo fundamental: que la propuesta china no es inocua, erosiona los valores y virtudes de nuestras democracias y tendrá consecuencias.
Por Juan Pablo Cardenal

(El País/España) Lo mucho que ha cambiado el mundo desde que, en 2008, estalló la crisis económica global quedó perfectamente plasmado la semana pasada en la revista The Economist, que dedicaba su portada a Xi Jinping y se refiere a él como “el hombre más poderoso del mundo”. El primer mandatario chino acapara estos días la atención mediática por la celebración del XIX congreso nacional del Partido Comunista chino (PCCh) en Pekín. Un cónclave trascendental porque puede dar pistas sobre si Xi se perpetuará en el poder más allá de 2022; acerca de quiénes serán los líderes chinos del futuro; o en cuanto a las líneas maestras de las políticas del PCCh de los próximos años.

Esa portada –como otras– certifica el formidable salto en la proyección internacional de China durante la última década. Antes de 2008 era percibida como la potencia económica que es, pero arrastraba el lastre de su sistema autoritario. Era la China de la transformación histórica, del milagro económico y las oportunidades; pero también era el régimen que reprimía al Tíbet, que ejercía un férreo control en Internet y que monopolizaba el poder con mano de hierro. Era la China que, decían los optimistas, inevitablemente iba a acabar democratizándose gracias al efecto arrastre de la economía globalizada, a las crecientes demandas de las clases medias y a la sabiduría de una generación de líderes chinos perfectamente educados.

Sin embargo, dicho augurio no se ha cumplido. Al contrario, bajo la batuta “del hombre más poderoso del mundo” China es ahora más represiva y menos libre que hace una década. Los activistas denuncian que, desde 2015, Pekín ha incrementado la persecución y la represión contra los abogados, la disidencia y las minorías étnicas o religiosas. Lanzó también una ofensiva legislativa al aprobar leyes sobre seguridad nacional, ciberseguridad y ONG extranjeras que incluyen nuevas restricciones. Dicha legislación no es otra cosa que una herramienta de control político que legitima jurídicamente su abuso de poder. En consecuencia, la heroica sociedad civil china está ahora en continuo retroceso.

China, es obligado subrayarlo, no se ha vuelto vegetariana. Y eso es preocupante, porque a su deriva autoritaria añade su creciente poderío económico. Sorteó hábilmente la crisis, es la ganadora de la globalización y se erige, gracias a sus ingentes recursos financieros, en tabla de salvación económica para muchos países en apuros. Por todo ello ha logrado algo impensable hace una década: blanquear su imagen en el exterior. Mientras se resaltan repetidamente las supuestas virtudes del modelo chino, es cada vez más inusual la denuncia pública de sus aspectos más negativos. Pocos cuestionan su autoritarismo. Una reforma política a medio plazo está descartada. Y la capacidad de otros países de influir en China es nula.

En este contexto, el sistema chino que combina eficiencia económica con autoritarismo político tiene en el mundo en desarrollo un indudable poder de seducción. Así, la idea de que un país puede desarrollarse sin democracia cala tanto entre las autocracias que ven a Pekín como modelo, como entre las élites de las llamadas democracias no consolidadas. Ciertamente, la imagen amable de China no puede desvincularse de la incapacidad de las democracias para encontrar respuestas a los desafíos actuales. En algunos países la crisis económica, el terrorismo y las oleadas migratorias han llevado a no pocos ciudadanos a creer que su prosperidad, seguridad e identidad están amenazadas. Ello ha hecho tambalear los cimientos de la democracia y ha sido terreno fértil para los populismos. Y también ha permitido a Pekín limpiar su imagen y legitimar su régimen.

Por tanto, el futuro no es halagüeño. La situación política en China es la que es y no va a cambiar. Su expansión internacional continúa después de 15 años invirtiendo en medio mundo, concediendo préstamos y construyendo infraestructuras. Con ese botín asegurado, Pekín está ahora en otra fase, la de lograr influencia política a través de lo que el académico Joseph Nye llamó poder blando. Mi investigación este año en Argentina y Perú sobre esta nueva estrategia de Pekín corrobora que la influencia china en el ámbito de la cultura, el mundo académico, los medios de comunicación y la política en esos dos países es creciente, exitosa y preocupante.

A la imagen normalizada de China contribuyen tanto el desconocimiento profundo que existe en América Latina y otras regiones sobre China y su régimen, como el señuelo de las oportunidades económicas que Pekín brinda y que otros no pueden ofrecer. Pocos aciertan a ver lo fundamental: que la propuesta china no es inocua, erosiona los valores y virtudes de nuestras democracias y tendrá consecuencias.

Fuente: El País (Madrid, España)

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