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¿Por qué Maduro hizo la elección Constituyente?
1 de agosto de 2017
A diferencia del régimen de Raúl Castro en Cuba, Nicolás Maduro no puede mostrarse al mundo como garante del orden interno. Maduro no controla el territorio. Es profundamente impopular. Los niveles de rechazo superan el 80%. Cualquier mínima apertura electoral lo confirmaría.
Por Leandro Querido
@leandroquerido

En Ciencia Política, una división muy conocida para estudiar a los regímenes políticos es la que plantea la diferencia entre regímenes competitivos y no competitivos. En los primeros sabemos muy bien para qué se hacen las elecciones. Estas se realizan para elegir, en el marco de una competencia dada y con reglas claras, a las personas que ocuparan los cargos de representación. Es condición para una democracia competitiva que haya elecciones periódicas, libres, equitativas con voto secreto, universal y apegadas a normativa. Los regímenes no competitivos, por el contrario, son sistemas no democráticos, autoritarismos que adquieren muchas formas, pero tienen un denominador común: obturan la participación electoral y vulneran derechos políticos.

Sin embargo, aunque parezca extraño, bajo estos regímenes no competitivos también se producen elecciones. Por ejemplo, Corea del Norte tiene elecciones. El Frente Democrático por la Unificación de la Patria designa a sus candidatos al parlamento y estos a su vez “compiten” bajo los únicos tres partidos de la coalición de gobierno. Según la autoridad electoral participa el total del padrón y acto seguido, por unanimidad, los parlamentarios electos eligen a Kim Jong-um como líder supremo eterno.

Un ejemplo más cercano es el de Cuba. Este país desde 1992 tiene una Ley Electoral. Allí se detalla el andamiaje de un sistema electoral que pretende mostrarse como “democrático” pero que en realidad resulta ser un proceso formidable de secuestro de la soberanía popular. La “horizontalidad” de las asambleas barriales y municipales sucumben rápidamente a medida que el proceso se dispara hacia arriba. El paso de la Asamblea Barrial a la Municipal, de esta a la Provincial y de allí a la Nacional se muestra como lo que realmente es: un festín del partido Comunista en donde un reducido grupo de comensales de la burocracia partidaria se devoran en un menú de cuatro platos a la sabrosa soberanía popular.

En Corea del Norte y Cuba se hacen elecciones. Pero, ¿qué función cumplen estas en los regímenes no competitivos? Bien, los propósitos de los autoritarismos pueden ser dos. O bien se pretende mostrarle al auditorio internacional que mantienen el férreo control político del país o se las utiliza con el propósito de llevar a cabo una purga interna. Es decir, se ostenta fortaleza, se le muestra al mundo que se gana con más del 90% de los votos, situación que resulta ser la negación misma de una democracia competitiva propia de una sociedad plural y diversa o, para evitar una carnicería interna, se usa la herramienta de la elección para conflictos internos, para expulsar a los “débiles” o “traidores”.

Esta introducción larga nos permite comprender el qué hay detrás de una convocatoria a una Constituyente en Venezuela. A diferencia del régimen de Raúl Castro en Cuba, Nicolás Maduro no puede mostrarse al mundo como garante del orden interno. Maduro no controla el territorio. Es profundamente impopular. Los niveles de rechazo superan el 80%. Cualquier mínima apertura electoral lo confirmaría. De hecho, en 2015, en el marco de las últimas elecciones semi libres, con un black out informativo propio de un régimen estalinista, con grupos para estatales armados amedrentando a los electores, con las autoridades electorales en contra y con las redes clientelares presionadas como nunca por el gobierno, la oposición alcanzó las dos terceras partes de la Asamblea Nacional. En ese momento el régimen de Maduro supo que el grifo de la participación no podía abrirse nunca más. El camino ahora sería el de legalizar la dictadura. El atajo institucional fue el apelar a la ingeniería electoral para hacer con menos de un 20% de intención de voto una mayoría. Esa mayoría artificial se materializaría en un proceso de elección Constituyente con la intención de eliminar a la legítima Asamblea Nacional. Quizá la Constituyente en una primera instancia fue un elemento a entregar en una mesa de negociación, sin embargo, la tensión interna que generó dentro del propio oficialismo haya hecho replantear sus objetivos. Los sectores más políticos del chavismo cuestionaron con distintas intensidades esta iniciativa. El caso de la Fiscal General de Venezuela, Luisa Ortega, es muy representativo. La funcionaria que proviene del chavismo político se puso al frente de la defensa de la Constitución de 1999 que impulsó el propio Hugo Chávez. Por su parte el ala militar, profundamente intervenida por el régimen cubano, entiende que el momento de intensificar la represión ha llegado dado que el costo de mantener la fachada democrática institucional se torna imposible de mantener. Por lo tanto, la Constituyente se hizo, por sobre todas las cosas, para purgar al ala política del chavismo, para delimitar las fronteras del núcleo duro del gobierno. Los que van por todo, aunque esto implique un derramamiento de sangre aún más bestial. No pueden mostrarle al mundo control interno, pero este proceso constituyente es el medio por el cual buscarán el control político y militar total.

La sensación es que este objetivo no se logrará. La dictadura que ahora le presenta formalmente Maduro al mundo no solo es muy impopular, también nació débil porque fracasó en la realización de una Constituyente que resultó ser un verdadero fiasco y que seguramente  traerá efectos no buscados. El Consejo Nacional Electoral se vio obligado a “agregarle” más de 5 millones de votos al parte oficial con los datos electorales. Esta precariedad dejó expuesto al oficialismo. La ingeniería electoral no alcanzó. Hoy el régimen está dividido, en soledad y ha liberado feromonas que dan cuenta de su temor porque sabe que esta elección le traerá más problemas que soluciones.

Leandro Querido es Docente (UBA) y director de la ONG Transparencia Electoral.

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